Nápoles Había entre nosotros un niño vestido con traje de marinero. Estaba triste, y tomándome la mano, me dijo: "Señor, yo he estado en Nápoles, y allí hay muchas calles pequeñas, donde puede uno quedarse sin que nadie le vea. No es que haya mucha gente en Nápoles, pero son tantas las calles pequeñas que no llegan a una por persona". "¿Qué mentiras os cuenta este pequeño?, me dijo el padre. ¡Si no ha estado nunca en Nápoles! -Señor -le repuse- su hijo es un poeta. Lo que está bien, pero si es un literato yo le retorceré el cuello.
Cuento de Navidad Había una vez un arquitecto o un caballero en Filadelfia, a quien se le dijo: "¿Conoces la catedral de Colonia?, pues haz construir una parecida. Y como él no conocía la catedral de Colonia, fue hecho preso. En la prisión se le apareció un ángel que le dijo: Wolfrang, Wolfrang, ¿por qué te desconsuelas? -Debo permanecer preso porque no conozco la catedral de Colonia-. Te hace falta el vino del Rhin para edificar la catedral de Colonia, pero muéstrales el plano y entonces podrás salir de la prisión. Y el ángel le dio el plano y pudo salir de la prisión, pero no pudo edificar la catedral porque no encontraba el vino del Rhin. Tuvo la idea de hacerlo traer a Filadelfia, pero se le envió un aborrecible vino francés de la Moselle; de suerte que no pudo edificar la catedral de Colonia en Filadelfia; se limitó a hacer un horroroso templo protestante. Max Jacob
Cortometraje realizado en 2013 por el director de cine salmantino Rodrigo Cortés. " Un grupo de niños debaten, por activa y por pasiva, sobre el estado de las cosas "
Sartén Instrumento de tortura usado en esa institución punitiva por excelencia, la cocina femenina. La sartén fue inventada por Calvino, quien la usó para freír a los bebés que morían sin bautizar. Observando un día el horrible tormento de un vagabundo que incautamente sacó de la basura un bebé frito y lo devoró, el gran teólogo quiso despojar a la muerte de sus terrores, introduciendo la sartén en cada hogar de Ginebra. De ahí se extendió a todos los rincones del mundo y ha sido de invaluable utilidad para la propagación de la sombría fe calvinista.
Beber Echar un trago, ponerse en curda, chupar, empinar el codo, mamarse, embriagarse. El individuo que se da a la bebida es mal visto, pero las naciones bebedoras ocupan la vanguardia de la civilización y el poder. Enfrentados con los cristianos, que beben mucho, los abstemios mahometanos se derrumban como el pasto frente a la guadaña. En la India cien mil británicos comedores de carne y chupadores de brandy con soda subyugan a doscientos cincuenta millones de abstemios vegetarianos de la misma raza aria. ¡Y con cuánta gallardía el norteamericano bebedor de whisky desalojó al moderado español de sus posesiones! Desde la época en que los piratas nórdicos asolaron las costas de Europa occidental y durmieron, borrachos, en cada puerto conquistado, ha sido lo mismo: en todas partes, las naciones que beben demasiado, pelean bien, aunque no las acompañe la justicia. Ambrose Bierce
Santa Madre de Dios, cúrame a este niño. Anda siempre por el aire, nunca quiere tocar tierra. Flota en la casa como un globo, lo que es molesto para las visitas porque en cualquier momento puede orinarles el sombrero o mancharles la ropa con algo peor. Hace milagros idiotas: multiplica las arañas y las ratas. Además huele a rayos porque es imposible bañarlo: no quiere entrar en el agua e insiste en quedarse de pie sobre su superficie. Ayer volvió a la vida a un pollo asado. Sin plumas ni cabeza, ahora anda por ahí tropezando entre los muebles, perseguido por los gatos. ¡Hazlo normal, Virgen adorada, para que ya no le devuelva la vista a tanto hombre lúbrico! Esos que fueron ciegos pegan sus ojos saltones a los vidrios de mi ventana, dándose placeres manuales cuando en la noche me quito las enaguas. También, al quejarnos de la sequía, nos hizo llover sobre las salinas. Y lo que es peor, Madre Inmaculada, durante la comunión convirtió las ostias en chorizo para que alimentaran a los patipelados. ¡Por favor cúralo, Virgencita buena, límpiamelo del virus de la santidad!. Alejandro Jodorowsky
Vilipendiado sistemáticamente por generaciones de críticos e historiadores, y marginado a su pesar de los circuitos normales de distribución, el cine de terror es, no obstante, en la actualidad el único depositario de las armas secretas que los surrealistas atribuían al cine en general. Escritores de corte fantástico como Jonathan Swift, Achim von Arnim, Nataniel Hawthorne, R.L. Stevenson, Conan Doyle, Nikolai Gogol o M.R. James, han dado origen a algunos de los más significativos mitos esenciales del cine de terror, abarcando la casi totalidad de constantes temáticas que le son propias: monstruosidad física o psicológica, creación de androides, bestialidad y gigantismo, metamorfosis, criaturas de ultratumba, autonomía de partes del cuerpo humano separadas de él, etc. Monstruosidad física: Seres que debido a causas diversas, como mutilaciones, amputaciones, deformaciones congénitas, etc, presentan una alteración física fundamental que contraviene las inmutables reglas de la "normalidad", provocando el más elemental de los terrores: el físico. - "El jorobado de Notre-Dame de París" (1923) Wallace Worsley - "El hombre sin brazos" (1927) Tod Browning - "El hombre que ríe" (1928) Paul Leni - "Harry, el enano" (1930) Tod Robbins - "La parada de los monstruos" (1932) Tod Browning - "El fantasma de la Opera" (1925) Rupert Julian - "Los crímenes del museo de cera" (1933) Michael Curtiz - "El hombre invisible" (1933) James Whale - "El rayo invisible" (1936) Lambert Hillyer - "La mujer invisible" (1940) A.E. Sutherland - "Los ojos ocultos de Londres" (1939) Walter Summers - "La mosca" (1958) Kurt Neumann - "Ojos sin rostro" (1960) Georges Franju - "El hombre con rayos X en los ojos" (1963) Roger Corman - "Arde, bruja, arde" (1936) A.A. Merritt - "Dr. Cíclope" (1940) Ernest B. Schoedsack - "Un amor de bolsillo" (1957) Pierre Kast - "El gigante ataca" (1958) Bert I. Gordon
Mueble destinado al descanso, al sueño y al amor. El hombre medio pasa 125 días por año, es decir, cerca de la tercera parte de su vida, estirado en el lecho. Luis XIV poseía 413 lechos que estrenaba uno tras otro, igual como uno se cambia de zapatos. En 1789, el doctor James Graham construyó en Londres su famoso Lecho-Celeste, un monumento "médico-magnético-musical-luminoso". Lo había ideado, no sólo para asegurar la derrota de la esterilidad, sino también para exaltar y revigorizar las facultades corporales y mentales. El aparato podía ser alquilado por una noche a razón de 50 guineas por pareja. Con una longitud de cuatro metros y una anchura de tres, se apoyaba en 40 pies de cristal tallado y estaba coronado por una cúpula de espejos que reflejaban los encantos y las variadas posturas de la feliz pareja. La cúpula sostenía unas estatuas de Psiqué, Cupido e Himeneo con antorchas en una mano y aguantando en la otra una corona ornada de un lecho de rosas y de dos palomas blancas vivas. Unos tubos de órgano producían una "melodía celeste" dirigida por los movimientos eléctricos del lecho, los colchones estaban rellenos de rosa, de lavanda, de especias orientales y de crin procedente de colas de garañones pura-sangre. Robert Benayoun
El territorio de la intimidad es esférico: vientre, madre, familia, casa, sartén, pan, vasijas, cántaros, cuencos, pozos, cucharas. Y, en la memoria, el estrato afectivo se ahorma en envoltura: la cabeza en el hueco de unas manos, el rostro y el mundo en él circunscrito, la bombilla y su halo amarillo, los pechos y "sus círculos amoratados", el "cinturón de álamos", "las habitaciones cóncavas", los armarios. La biografía íntima es una bio(e)sfera. Antonio Gamoneda
Escritor francés de origen suizo nacido en 1887. A los quince años abandona el aséptico aburrimiento de su país natal y emprende una existencia aventurera, auténtica y próvida fuente de su vital obra literaria. Desde titiritero hasta traficante de perlas, matón, legionario y cineasta, ensaya todos los oficios que le permiten llegar a creer en su definitiva actitud de escritor. Obras como Moravagine, el hombre fulminado, una noche en el bosque, Bourlinger, consagran la farsante sinceridad de un escritor espontáneo, natural, impulsivo y cultivador de un erotismo despiadado y que, en ocasiones, llega hasta la muerte. Henry Miller dijo de él: "Cendrars es como un pez transparente que nada en esperma planetario.....Es el orificio del ombligo, el rostro que queda en el espejo después de que uno le ha vuelto ya la espalda."
Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie le escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo. Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquél obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo contó: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones. -Pero papá -le dijo Josep llorando-Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo? -Tonto -dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto-, Tonto. El mundo lo hicimos nosotros, los albañiles. Eduardo Galeano