miércoles, 21 de enero de 2015

El loco al que llaman rey (Leopoldo María Panero)


Consejos sobre el arte de escribir cuentos

1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno. Honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte. 
2. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco.
Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
3. Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
4. Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
5. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
6. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
7. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel.
Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
8. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
10. Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
11.Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
12. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.
                                                                     Roberto Bolaño

DEFINICIONES


Abdomen
Templo del Dios Estómago, al que rinden culto y sacrificio todos los hombres auténticos. Las mujeres sólo prestan a esta antigua fe un asentimiento vacilante. A veces ofician en su altar, de modo tibio e ineficaz, pero sin veneración real por la única deidad que los hombres verdaderamente adoran. Si la mujer manejara a su gusto el mercado mundial, nuestra especie se volvería graminívora.
Alba
Momento en que los hombres razonables se van a la cama. Algunos ancianos prefieren levantarse a esa hora, darse una ducha fría, realizar una larga caminata con el estómago vacío y mortificar su carne de otros modos parecidos. Después orgullosamente atribuyen a esas prácticas su robusta salud y su longevidad; cuando lo cierto es que son viejos y vigorosos no a causa de sus costumbres, sino a pesar de ellas. Si las personas robustas son las únicas que siguen esta norma, es porque las demás murieron al ensayarla.
Altar
Sitio donde antiguamente el sacerdote arrancaba, con fines adivinatorios, el intestino de la víctima sacrificial, y cocinaba su carne para los dioses. En la actualidad, el término se usa raramente, salvo para aludir al sacrificio de su tranquilidad y su libertad que realizan dos tontos de sexo opuesto.
Amistad
Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.
                                                                      Ambrose Bierce

miércoles, 14 de enero de 2015

Algunos datos........

     Noviembre de 1823

Ayer me dijo mi padre: "Ya eres lo suficientemente mayor como para tener una profesión en la vida. Ven conmigo, voy a presentarte a un maestro que te tratará bien, con él aprenderás un oficio que ha de gustarte, a ti que tanto te gusta garabatear en las paredes, que tan bien sabes pintar los álamos, los húsares y los papagayos. Con él aprenderás una buena profesión." Yo no sabía muy bien lo que quería decir con todo aquello, pero seguí a mi padre.
Me había vendido por dos años.
     
     Enero de 1824

Por fin me he enterado de lo que es una profesión, un maestro y un aprendiz. No sé si lo comprendo muy bien, pero estoy triste y pienso en la vida, ¡es tan corta! En este mundo pasajero, ¿cuál es el sentido de tantas preocupaciones, de tantos trabajos penosos?, ¿a santo de qué? Ahora no puedo menos que reírme cuando veo que alguien busca una colocación, ¡buscar una colocación!....
¿Qué necesita un hombre para vivir? Una piel de oso y algunos alimentos.
Padre, si yo he soñado alguna vida, no es esa. Si yo he soñado alguna vida es la de camellero del desierto, la del mulero andaluz o la del taitiano.
                                                                                   Petrus Borel

martes, 13 de enero de 2015

A enredar los cuentos

Érase una vez una niña que se llamaba Caperucita Amarilla.
¡No, Roja!
¡Ah!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: “Escucha, Caperucita Verde…”
¡Que no, Roja!
¡Ah!, sí, Roja. “Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de papa”.
No: “Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel”.
Bien. La niña se fue al bosque y se encontró una jirafa.
¡Qué lío! Se encontró al lobo, no una jirafa.
Y el lobo le preguntó: “¿Cuántas son seis por ocho?”
¡Qué va! El lobo le preguntó: “¿Adónde vas?”
Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió…
¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!
Sí. Y respondió: “Voy al mercado a comprar salsa de tomate”.
¡Qué va!: “Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino”.
Exacto. Y el caballo dijo…
¿Qué caballo? Era un lobo
Seguro. Y dijo: “Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle”.
Tú no sabes contar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?
Bueno, toma la moneda.
Y el abuelo siguió leyendo el periódico. 
                                                                          Gianni Rodari

  

jueves, 8 de enero de 2015

Romance del río delator

Es un caso espeluznante
y difícil de narrar,
un suceso apasionante
de acción ruín y criminal.
Allá por el mes de Julio
a las orillas del Duero
dos bañistas casualmente
unos restos descubrieron.
Un brazo junto a una pierna,
al parecer de mujer,
dos señores encontraron
y horrorizados del caso
no han dejado de correr.
No tardan en avisar
el caso a la policía
y ésta, con actividad,
sus pesquisas emprendía.
El Duero fue rastreado
en una larga extensión
y amarrada a un ladrillo
otra pierna apareció.
Hechas las indagaciones
poco costó averiguar
que la víctima es mujer
de vida no natural
y se llamaba "la Tina",
de cuarenta años de edad.
El criminal es un viudo
que sesenta ya cumplió,
con seis hijos que sin culpa
sufrirán difamación.
Con gran cinismo declara,
este viudo criminal,
de la forma que este crimen
él lo vino a realizar.
Comieron él y la víctima
de forma descomunal
y la mujer acostóse
pensando así descansar.
El momento aprovechó
con un hacha el criminal
y la cortó la cabeza
de un golpe descomunal.
A la cocina arrastró
el cuerpo de aquella víctima
y con saña seccionó
cabeza, tronco, piernas y brazos
y en una caja escondió.
Poco a poco cada día
dentro de un saco llevó
y por encima del puente
al río Duero arrojó.
Y el Duero los recogía
pensando el crimen vengar
y sus aguas a la orilla
los restos quiso llevar
y el crimen se descubría
de manera singular.
Y a grandes rasgos descrito
termina aquí este romance
del criminal depravado
que pensó que el río Duero
se lo iba a tener callado.
   Cantar de ciego (romance popular)

El drama del desencantado



...el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.
                                              
                                                                  Gabriel Gárcia Márquez


martes, 6 de enero de 2015

Un héroe

Un buen día, paseando por la orilla de un río vi de pronto a un boy-scout que se estaba ahogando. Conozco el lugar, no es profundo, así que decidí salvarlo en cuanto se reuniera un poco más de público. Me senté en un banco a esperar. El boy-scout gritaba de lo lindo, por lo que al cabo de poco se congregó en la orilla un nutrido grupo de gente. Esperé un poco más para que el público estuviera al completo, entonces me levanté, me acerqué al agua y animado por los gritos de admiración me puse a quitarme lentamente el zapato izquierdo. El público me aplaudió. Estaba ya en calcetines cuando me di cuenta de que un sinvergüenza también se disponía a desnudarse. Me puse furioso.
–Yo estaba aquí primero –le dije.
Y él me contestó:
–¿Es tuyo el boy-scout o qué? –y se puso a quitarse el chaleco.
–¡Tiene razón! –se dejaron oír unas voces entre el público–. ¡El boy-scout es de todos!
–Deja esos pantalones –le dije–. Tú aún no estabas en este mundo cuando yo ya salvaba boy-scouts.
–Habrás salvado a tu abuela –me contestó en un tono insultante.
–Y tú a tu tía. Vete a hacer puñetas y deja en paz al boy-scout.
El público iba en aumento. Unos estaban de mi parte, otros decían que todo el mundo tiene derecho a salvar boy-scouts. Vi que las cosas se complicaban y que todo dependía de quién se desnudase primero. Aunque él había comenzado más tarde, como llevaba cremallera me alcanzó. Le gané sólo al llegar a los calzoncillos. Al ver que perdía su oportunidad quiso saltar al agua tal como estaba, en ropa interior. Se me encendió la sangre y le eché la zancadilla. ¡Por hacerse el héroe! No sé qué pasó con el boy-scout porque a nosotros nos llevaron a urgencias. Yo le disloqué un brazo y él me rompió unos dientes.
Salvar a los que se ahogan requiere valor y sacrificio.
                                                                                Slawomir Mrozek  (1930-2013)

domingo, 4 de enero de 2015

El arte de amar

Celestino amaba a Leticia, la que amaba locamente a Segismundo, el que amaba con entusiasmo y sin entusiasmo a Valeria, la que amaba con furia uterina a Luis Alberto, el que observaba las estrellas, solitario, y sólo amaba a Nora del Carmen, la que no amaba a nadie, casi loca en su amor platónico.
            Celestino se fue a la Unión Soviética en el otoño de 1960. Leticia tuvo una crisis religiosa y se enamoró de Maimónides, un poco antes de ingresar al convento de las Hijas del Buen Pastor. Segismundo se volvió loco sin saber por qué, luego de amar con entusiasmo y sin entusiasmo. Valeria descubrió el Arte de la Soledad en su casa llena de gatos equívocos, famélicos, esquivos, y junto a la sombra de Pericles, aquel loro inmortal que sólo hablaba en una lengua muerta: una especie de esperanto en resurrección casi permanente, aunque ustedes no lo crean.
            Luis Alberto se suicidó en una noche de verano, no muy lejos del cerro San Cristóbal, cerca del principio y del fin del mundo, en Santiago de Chile, con un calor insuperable, más bien olímpico, y Nora del Carmen se casó al fin con Hernán Rodrigo Lavín Cerdus, un loco que nada tenía que ver con la historia, pero lo sospechaba todo a través de la sutileza de su espíritu.
            Psicosomáticamente, Lavín Cerdus lo sospechaba todo.
                                                                         Hernán Lavín Cerda

Soneto

Soñé anoche que Filis, de regreso,
bella como lo fue en la luz del día,
quiso que yo gozase su fantasma,
nuevo Ixión abrazado a una nube.

Se deslizó en mi lecho murmurando,
ya desnuda su sombra: "Al fin he vuelto,
Damón, y más hermosa: el reino triste
Donde me guarda el hado, me embellece.

Vengo para gozarte, bello amante,
Vengo por remorir entre tus brazos".
Después, cuando mi llama se extinguía:

"Adiós —dijo—, regreso entre los muertos.
De joder con mi cuerpo te jactabas,
Jáctate hoy de haber jodido mi alma". 

       Théophile de Viau  (1590-1626)