Cuatro leyendas hablan de Prometeo.
Según la primera, Prometeo fue encadenado al Cáucaso porque había traicionado la los dioses en favor de los hombres. Los dioses enviaban águilas para que le devorasen el hígado, que siempre volvía a crecerle.
La segunda nos dice que Prometeo, atormentado por el dolor de los picotazos, se arrimó cada vez más a la roca, hasta que se hizo una sola con ella.
La tercera afirma que con el paso de los milenios su traición fue olvidada. Todos se olvidaron: los dioses, las águilas, él mismo.
Según la cuarta, cansado de sí mismo, ya no tenía ninguna razón para existir. Los dioses se cansaron, la cansada herida se cerró.
Quedó la inexplicable montaña rocosa.
La leyenda intenta explicar lo inexplicable. Ya que proviene de un fondo de verdad, debe terminar en lo inexplicable.
Frank Kafka Prometeo (1917)
Tras cuarenta años de reinado murió el rey medo Ciaxares y lo sucedió en el trono su hijo Astiages. Tenía Astiages una hija llamada Mandane; soñó que ésta despedía tanta orina que cubría toda Ecbatana y toda Asia. Cuidó de que no casara con ningún medo y la dio en matrimonio al persa Cambises, hombre de buena familia, carácter pacífico y mediana condición. Volvió a soñar Astiages, y vio que del centro del cuerpo de su hija salía una parra que cubría con su sombra toda Asia. Mandó Astiages retornar a su hija y cuando ésta dio a luz entregó al niño, para que lo matara, a su pariente Hárpago. Hárpago sintió miedo y piedad y entregó el niño al vaquero Mitradates, ordenándole que lo matara. Mitradates tenía por esposa a Perra, quien acababa de parir un niño muerto. El que les habían entregado estaba vestido con lujo; decidieron el cambio, pues también sabían que era el hijo de Mandane, y así preservaban su futuro.
Creció el niño y sus compañeros pastores lo proclamaron rey de sus juegos, y el niño rey se mostró inflexible. Lo supo Astiages y obligó a que Mitradates le revelara su origen. Así supo la desobediencia de Hárpago: fingió perdonarlo y lo invitó a un banquete, y le pidió a su propio hijo como compañero de su nieto. Durante el banquete, hizo que le sirvieran asados trozos de su hijo. Hárpago, así que lo supo, se dominó. Astiages interrogó nuevamente a sus adivinos. Le respondieron: si vive, ha de reinar; pero como ya reinó entre los pastores, no hay peligro de que alcance nueva corona. Satisfecho, Astiages remitió el niño a sus verdaderos padres, quienes quedaron felices de verlo con vida. El niño se hizo mozo y el mozo adalidad, y, con ayuda de Hárpago, destronó a Astiages y lo trató con benevolencia. Así fundó Ciro, el antiguo pastor, el imperio persa.
Herodoto (485-425 a.C) Los nueve libros de la historia
Don Juan, cincuentón, se cruzó con un muchacho que lo saludó:
-¿Qué tal, padre?
-¿Padre? ¿Por qué me dices "padre"?
¡Qué pregunta! ¿No me reconoces? Soy Juanito Tenorio, tu hijo. Madre te está esperando. Y desapareció.
Don Juan habló con unos vecinos que pasaban por la calle y así averiguó dónde vivía la madre del muchacho. Entró en la casa. En medio del patio, una mujer, todavía de buenas carnes. Don Juan nunca la había visto.
-Acabo de cruzarme con un muchacho. Juanito se llama. Dice que es mi hijo. ¿Eres tú la madre?
-Sí.
-Pero si nosotros no nos hemos visto nunca....
-Así es.
-Entonces tendremos que acostarnos para que Juanito haya nacido como Dios manda.
-No tengo ningún inconveniente, pero antes hay que casarse.
-Casémonos.
-Antes, me tienes que enamorar.
-De acuerdo. Comencemos. "Vite, adorete, abraseme tanto, que tu amor me anima a que contigo me case"....
-Ah, no. ¿Qué te crees? ¿Así, a quemarropa? No, no. Enamorarse lleva tiempo. Además, a mí no me enamora cualquiera. Sin contar que antes de enamorarnos tenemos que conocernos; y antes de conocernos tenemos que encontrarnos en alguna parte....
-¿Y si el azar no nos junta?
-Ah, ahí está el detalle. No sabes lo que te perderías: ahora estoy madura; habría que verme en mis verdores. Hasta la vista.
Y se separaron.
Don Juan salta unos años para atrás, en busca de los verdores de esa mujer. Por el aire se le caen las canas. Busca a la mujer a quien debe enamorar, con quien debe casarse, de quien a de tener un hijo. Busca, busca. Ahora Don Juan es un mancebo de sangre bullente. Puesto que debe prepararse para la gran conquista, aprende a amar. Seduce a muchas mujeres. A cada seducción, los años se van aligerando. Aminta, Tisbea, Isabela. Aprovechando la superstición de las gentes se escabulle de Sevilla, ya sin barbas. Se mete en más amoríos: al salir de esa galante galería -Julia, Todora, Constanza, Inés- es apenas un púber. Un día, para que no lo castiguen porque acaban de sorprenderlo molestando a una chiquilla, se agurrumina y se pone a gatear, llorando a gritos. Rorro, crío, feto. Poco después acaba Don Juan en un óvulo.
E. A. Imbert La locura juega al ajedrez (1971)
Entonces, aquel pájaro de ébano, que por la gravedad de su postura y la severidad de su fisonomía inducia a mi triste imaginación a sonreír. Aunque tu cabeza -le dije- no lleve ni capote ni cimera, ciertamente no eres un cobarde, lúgubre y antiguo cuervo partido de las riberas de la noche.
¡Dime cuál es tu nombre señorial en las riberas de la noche plutónica! El cuervo dijo: ¡Nunca más! Me maravilló que aquel desgraciado volátil entendiera tan fácilmente la palabra, si bien su respuesta no tuvo mucho sentido y no me sirvió de mucho; porque hemos de convenir en que nunca más fue dado a un hombre vivo el ver a un ave encima de la puerta de su habitación, a un ave o una bestia sobre un busto esculpido encima de la puerta de su habitación y llamarse un nombre tal como "¡Nunca más!"
Y el cuervo, inmutable, sigue instalado, siempre instalado sobre el busto plácido de Palas, justo encima de la puerta de mi habitación; y sus ojos parecen los ojos de un demonio que medita; y la luz de la lámpara, que le cae encima, proyecta su sombra en el suelo; y mi alma, fuera del círculo de aquella sombra que yace flotando en el suelo, no podrá elevarse ya más, ¡nunca más!
Edgar Allan Poe El cuervo (1845)
Doce magos danzaban en corro debajo de la campana mayor de Saint-Jean. Uno tras otro evocó la tempestad, y desde el fondo de mi lecho conté con espanto doce voces que atravesaban las tinieblas.
Inmediatamente la luna corrió a ocultarse tras las nubes, y una lluvia mezclada de relámpagos y ramalazos de viento fustigó mi ventana mientras las veletas graznaban como grullas apostadas en el bosque, aguantando el chaparrón.
Saltó la prima de mi laúd, suspendido en el tabique; el jilguero sacudió el ala en la jaula; algún espíritu curioso volvió una hoja del Roman de la Rose que dormía en mi pupitre.
De repente estalló el rayo en lo alto de Saint-Jean. Los hechiceros, heridos de muerte, cayeron desvanecidos, y desde lejos vi sus libros de magia arder como una antorcha en el negro campanario.
El espantoso resplandor teñía con las llamas rojas del purgatorio y del infierno los muros de la iglesia gótica y prolongaba sobre las casas vecinas la sombra de la estructura gigantesca de Saint-Jean.
Las veletas se oxidaron; la luna atravesó las nubes gris perla; la lluvia no caía ya más que gota a gota desde el alero del tejado, y la brisa, abriendo mi ventana mal cerrada, arrojó sobre mi almohada las flores de un jardín sacudido por la tormenta.
Aloysius Bertrand Gaspard de la Nuit (1842)
Te cubro con mi cuerpo y se abren universos enteros para mí, silenciosos, como una puerta hacia un repentino jardín. De golpe me despierto y estoy de pie sobre ti, como una torre, hablando a los elementos, los enanos, las frágiles nebulosas, el circo que crece en ti y me ahoga. Soy arrastrado hacia adelante, a través de ti, como un agua iracunda, como una peste, un fermento de agonía para la cual no hay cruz, ni clavos, ni último acto, ni el velo roto en el templo, ni agonía en el huerto.
En el vientre, las caderas, la alta catedral de la vagina, me das sombra, moviéndome de estatua en estatua, buscando tu máscara de muerte. En el líquido amniótico, en la médula, en el oscuro sexo en que habitas, en el feto apretado en el cuello del útero. En la clavícula, el tarso, el amargo ano. No son palabras las que crecen en mí cuando veo los zarcillos de músculos trepar por tu torso, no hay palabras para los dedos apoyados en tu rostro, quietos, delicados cilindros de carne y hueso. No hay palabras, sino un vocabulario que corre por nosotros como el mar, devorador. Un cantar paralizado y sin nombre en el espinazo. Una misa interior, más negra que el sacrilegio. ¡Una danza de fibras a lo largo de la piel, una acción nueva, un tema tan nuevo como una simiente, una agonía, una venganza, un universo! Dios salve la señal, soy yo quien ha sido elegido para interpretar estas sílabas frenéticas que se alzan entre nosotros, apocalípticas, deslumbrantes, sonoras y agudas como un clarín. Aquí están las perlas que fueron sus ojos. Avanzo por ti como un borracho hacia el universo de un millón de brazas, pero es difícil. Me enredo en tu carne. Mis pasos se ven dificultados por las suntuosas envolturas de momia de la piel, por la delicada ruptura de las membranas, las órbitas temblorosas de las que han sido arrancados los ojos. Es difícil averiguar mi dirección. No tengo brújula. Sólo este envoltorio de agonías que se mueven en un aterrorizado retroceso, mientras las vísceras se apartan de los dedos intrusos del cirujano. Tened piedad de mí, he nacido viejo. No muerto, sino viejo. Increíblemente antiguo y mártir de la tara hereditaria.
Lawrence Durrell El libro negro (1938)
Cuando iba el otro día en el tren me erguí de pronto feliz sobre mis dos patas y empecé a manotear de alegría y a invitar a todos a ver el paisaje y a contemplar el crepúsculo que estaba de lo más bien. Las mujeres y los niños y unos señores que detuvieron su conversación me miraban sorprendidos y se reían de mí pero cuando me senté otra vez silencioso no podían imaginar que yo acababa de ver alejarse lentamente a la orilla del camino una vaca muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras completas ni quien le dijera un sentido y lloroso discurso por lo buena que había sido y por todos los chorritos de humeante leche con que contribuyó a que la vida en general y el tren en particular siguieran su marcha.
A. Monterroso Obras completas (y otros cuentos) (1959)
My secret life es nada más y nada menos que el diario íntimo de un adinerado inglés del siglo XIX en el que desde sus veinticinco años fue transcribiendo sus numerosas aventuras amorosas.
Su originalidad reside precisamente en que el protagonista absoluto de todas esas aventuras y deleites relacionados con los placeres de la carne es el propio caballero inglés, narrando, en primera persona todas sus vivencias sexuales y escrita, en un principio, para su estricto uso personal.
La obra aporta el conocimiento vivido de una exuberante actividad sexual, escrita con fluidez y espontaneidad y llena de la sinceridad de un diario íntimo. El autor se entrega al inventario detallado y ágil de sus experiencias sexuales y al esfuerzo por romper las normas y los principios de la época victoriana y su empeño por llegar a conocer todos los aspectos del placer del sexo.
My secret life fue editada por primera vez en 1890. La edición, que comprendía once volúmenes de 400 páginas cada uno, fue realizada por el propio autor, limitada a seis ejemplares y con una nota al pie de la primera página que advertía de que no podía ser publicada. My secret life ha tenido una circulación muy restringida debido a la dificultad de abordar la publicación de una obra tan descomunal y de un genero tan poco convencional como la literatura erótica.
Anónimo
Cortometraje experimental dirigido en 2013 por Leonardo Mora. Se trata de una aproximación a la vida y a la obra del músico minimalista ruso Ivan Sergei Semiónov (1974-2005).
"Corta la cuerda"es un juego contenido en la obra Justine, del marqués de Sade.
Para jugar este juego una persona (el bandido Rolando) se pone de pie en un taburete y, sosteniendo una hoz en la mano, mete la cabeza en un nudo de cuerda; después, la otra persona (Justine) retira el taburete y es entonces cuando la primera debe cortar la cuerda con su hoz antes de asfixiarse.
". . . . Después de ajustar el nudo alrededor de mi cuello, ocupa mi lugar en el sofá. Entonces insúltame mientras yo acaricio mi sexo, y cuando te des cuenta de que me he excitado lo suficiente, tira del taburete que tengo bajo los pies. Pero no voy a tener una hoz para cortar la cuerda, porque tal vez se me antojara usarla prematuramente. En cambio tu sostendrás la hoz, y cuando se caiga el taburete me quedaré colgando. Déjame así hasta que puedas comprobar la eyaculación, o tengas evidencia de que estoy a las puertas de la muerte. Si sucediera esto último, tendrás que cortar inmediatamente la cuerda y devolverme el sentido con palmadas fuertes en la cara y la cabeza; pero en el primer caso permite que continúe la eyaculación hasta que se haya agotado mi substancia; entonces podrás descolgarme".
Habiéndole dado esas explicaciones se subió al taburete. Obedeciendo a sus instrucciones, ella le apretó el nudo alrededor del cuello. El se puso a acariciarse mientra ella lo maldecía, y al cabo de pocos segundos su enorme miembro se enderezó. Entonces hizo señas de que tirara de la cuerda, el taburete salió volando, y. . . .
¡Fue exactamente como lo había predicho el pícaro! Cuando su cuerpo se retorció por la fuerza de la caída, una amplia sonrisa de éxtasis iluminó su rostro. Una vez expulsadas las últimas gotas, Justine cortó la cuerda. El muchacho cayó al suelo, inconsciente, pero pronto lo revivieron los golpes que ella le propinó. Su dicha llegaba casi al delirio.
-¡Ay, encantadora criatura! -exclamó- ¡Estas sensaciones superan lo creíble! ¡Son más de lo que haya concebido jamás!
Donatien Alphonse Francois de Sade Justine o los infortunios de la virtud (1787)