miércoles, 4 de febrero de 2015

Paul Morand (1889-1976)

Poeta, novelista, diplomático brillante y trotamundos impenitente, Morand es un personaje de leyenda, el típico escritor francés culto, de derechas, elegante, mundano y genial.
Uno de los creadores de la poesía moderna y el primero en traspasar a la prosa los recursos que se consideraban propios de la poesía y el más célebre y aclamado escritor francés de la década 1920-1930. 
Las principales características de sus relatos son un ritmo vertiginoso e imperturbable y el empleo de imágenes de tipo cinematográfico que consiste en describir los hechos y los personajes no en función de sus pensamientos sino de los gestos y los actos que conllevan dichos pensamientos. Su obra evoca la atmósfera cosmopolita y la vida social de la posguerra. Alguien lo define como "un dandy mimado por los dioses y amado por las mujeres".

San Sebastián

Las tres y cuarto ¡Qué hora tan estúpida!
A través de las losas de vidrio
el jazz-band me cosquillea los pies.
San Sebastián ofrece su cuerpo vasco
a las flechas de las viejas jugadoras
ávidas de un pleno,
la bola rueda como una cinta de ametralladora,
cantando esa falsa nana que es el azar.
La ciudad está inscrita en el círculo de la bahía
y en el círculo del Casino,
como un cuerno,
de cuya punta fluye la abundancia.
Los peces vienen a comer
hasta la boca de las cloacas.
En el fondo de las conchas sonoras
se oyen las voces de los croupiers belgas.
Las mansiones se aprietan a lo largo del paseo, 
como incisivos,
mientras arriba,
negras muelas descarnadas,
los Conventos jesuitas
mastican un paisaje de montañas.

lunes, 2 de febrero de 2015

Suele suceder

Mi hijo estaba llorando mi muerte. Lo veía reclinado sobre mi féretro. Quería correr para decirle que no era verdad, que se trataba de otra persona, quizás absolutamente parecida, más no podía por el cocodrilo. Estaba ahí delante, en el zanjón, listo para tragarme. Yo gritaba con todas mis fuerzas; y los veloriantes, en lugar de avisarle, me miraban con reproche, quizá porque azuzaba a la fiera y temían ser atacados ellos mismos. Cuando llegó el hombre de la funeraria con una caja parecía un violinista, pero sacó un soplete. Si fuera cierto, todo estaría perdido, pensé; me enterrarían vivo y no podría explicar nada. Los vecinos quisieron apartarlo, por ser el momento más penoso, pero él se agarraba al cajón. El hombre empezó a soldar la tapa por el lado de los pies y ya no pude más: cerré los ojos y corrí a la zanja sin importarme una muerte segura. Después, sólo recuerdo un golpe en la barbilla. Algo como un raspón de la piel contra un filo. Quizás, el roce contra uno de los dientes. Cuando sentí el calor de la soldadura desperté y comprendí todo. Yo estaba muerto. La misma sala, la misma gente. Mi pobre hijo seguía allí. El soplete roncaba a la altura de mi pantorrilla. El empleado levantó el extremo libre de la tapa, sacó el pañuelo y me enjugó la sangre de la herida. "Suele suceder", dijo. "A causa del soplete."
                                     Jorge Alberto Ferrando, Palo a pique (1975)  

El fantasma


Cuando murió Marcello Mastroianni, mi mujer se puso a llorar con un entusiasmo envidiable, como si nuestra galaxia, que nunca ha sido nuestra, se hubiese desprendido apocalípticamente de sí misma, evaporándose entre las nebulosas de otra galaxia.
            –No te preocupes  –le dije con una sonrisa de monje medieval–. Aquí estoy yo, no sufras tanto, no me atormentes y ya no llores así, a lo bestia. Ven y abrázame, amor mío, micifuz, Muñeca de los Espíritus, fucsia mía, ragazza, Minina del Perpetuo Socorro. Ven semidesnuda y tócame una vez más: recuerda que aún soy tu fantasma de carne y hueso. ¿Por qué no me abrazas y me besas con absoluta devoción, como en la primera noche del primer día? Tratándose de fantasmas, todos somos iguales. ¿Qué virtudes tiene aquel Mastroianni que no tenga yo?
                                          Hernán Lavín Cerda  (1939)

domingo, 1 de febrero de 2015

A vuela pluma (IV)

La prueba
Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que había 
estado ahí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?  S.T.Coleridge
El sueño mal interpretado
Huayna Cápac sintióse temeroso de la peste. Se encerró, y en su encierro tuvo un sueño en el que tres enanos venían a él y le decían: "Inca, venimos a buscarte." La peste alcanzó a Huayna Cápac y mandó que el oráculo de Pachacámac interpretase qué cosa debía hacerse para recuperar la salud. El oráculo declaró que lo sacasen al sol, que así sanaría. Salió el Inca al sol, y al punto murió. Bernabé Cobo
El don preclaro
De toda la memoria sólo vale el don preclaro  de evocar los sueños. Antonio Machado
Cortesía
Soñé que el ciervo ileso pedía perdón al cazador frustrado. Nemer Ibn el Barud
El sueño de Melania
Yo iba por la nieve, creo, en un carro arrastrado por caballos. La luz era ya sólo un punto: me parecía que se acababa. La tierra se había salido de la órbita y nos alejábamos más y más del sol. Pensé: es la vida que se apaga. Cuando desperté, mi cuerpo estaba helado. Pero hallé consuelo porque un piadoso cuidaba de mi cadáver.  Gastón Padilla
Romántica
Una vida lograda es un sueño de adolescente realizado en la edad madura.  Alfred de Vigny
El reflejo
Todo en el mundo está dividido en dos partes, de las cuales una es visible y la otra invisible. Aquello visible no es sino el reflejo de lo invisible.  Zohar



viernes, 30 de enero de 2015

Necesito un par de sandalias

Necesito un par de sandalias
mis zapatos son algo estrechos
y ya ha comenzado a llegar el verano.
Quiero que el sol toque los dedos de mis pies
no tengo otras ambiciones
sólo un par de sandalias
que quizá podría hacer yo mismo con un poco de cuero
si no fuera tan torpe con las manos.
Es todo lo que me hace falta
no es necesario demasiado dinero
ni asaltar un banco o una fábrica
ni tener dos empleos decentes
para poder comprarlas.
Tengo un amigo que me debe un poco de dinero
y si fuera por el bar esta noche
sería posible que lo encontrara.
Quizá pueda vender alguno de mis libros
o tome mi guitarra y cante
en un bar de turistas.
No pido demasiado,
sólo un par de sandalias
y tener los pies libres
para retomar el camino,
mañana.
              Raúl Núñez, Juglarock  (1971-1972)

miércoles, 28 de enero de 2015

El soñado

Carezco de realidad, temo no interesar a nadie. Soy un guiñapo, un dependiente, un fantasma. Vivo entre temores y deseos; temores y deseos que me dan vida y que me matan. Ya he dicho que soy un guiñapo.
Yazco en la sombra, en largos e incomprensibles olvidos. De pronto me obligan a salir a la luz, una luz ciega que casi me asegura la realidad. Pero luego se ocupan otra vez de ellos y me olvidan. De nuevo me pierdo en la sombra, gesticulando con ademanes cada vez más imprecisos, reducido a la nada, a la esterilidad.
La noche es mi propio imperio. En vano trata de alejarme el esposo, crucificado en su pesadilla. A veces satisfago vagamente, con agitación y torpeza, el deseo de la mujer que se defiende soñando, encogida, y que al fin se entrega, larga y blanda como una almohada.
Vivo una vida precaria, dividida entre estos dos seres que se odian y se aman, que me hacen nacer como un hijo deforme. Sin embargo, soy hermoso y terrible. Destruyo la tranquilidad de la pareja o la enciendo con más cálido amor. A veces me coloco entre los dos y el íntimo abrazo me recobra, maravilloso. Él advierte mi presencia y se esfuerza en aniquilarse, en suplirme. Pero al fin, derrotado, exhausto, vuelve la espalda a la mujer, devorado por el rencor. Yo permanezco junto a ella, palpitante, y la ciño con mis brazos ausentes que poco a poco se disuelven en el sueño.
Debí comenzar diciendo que todavía no he acabado de nacer, que soy gestado lentamente, con angustia, en un largo y sumergido proceso. Ellos maltratan con su amor, inconscientes, mi existencia de nonato.
Trabajan largamente mi vida entre sus pensamientos, manos torpes que se empeñan en modelarme, haciéndome y deshaciéndome, siempre insatisfechos.
Pero un día, cuando den por azar con mi forma definitiva, escaparé y podré soñarme yo mismo, vibrante de realidad. Se apartarán el uno del otro. Y yo abandonaré a la mujer y perseguiré al hombre. Y guardaré la puerta de la alcoba, blandiendo una espada flamígera.
                  Juan José Arreola, Confabulario total  (1962)

Morir, dormir, tal vez soñar

Soñó que el pertinaz dolor en el bajo vientre que ocultó por no importunar a los demás o porque no lo atormentaran, dejaba de acosarlo. Sin resistencia, el dolor desapareció. 
Soñó que la cocinera Eustolia se iba a vivir con una sobrina y que por fin le estaba permitido comer como Dios manda. La casa dejó de apestar a ajo. Soñó el encuentro con Lavinia, su no olvidada Lavinia, oportunamente libre. El matrimonio se celebró en la intimidad. Soñó que congregaba una vasta antología sobre la inutilidad de la apología literaria. El elogio de los críticos fue unánime. Soñó el número que saldría premiado en la lotería de Navidad. Le costó encontrarlo, pero su fortuna quedó asegurada. Soñó los ganadores de todas las carreras de la próxima reunión en el hipódromo de Palermo. Pero él odiaba las carreras, un tío suyo se había suicidado, etc. Soñó que despertaba. Pero no despertó. Desde hacía unos minutos estaba muerto.
                                                                            Eliseo Díaz, Notas sobre el azar (1956)

¿Verdad o no?

Cuando era muchacho, Bertrand Russell soñó que entre los papeles que había dejado sobre la mesita del dormitorio del colegio, encontraba uno en el que se leía: "Lo que dice del otro lado no es cierto." Volvió la hoja y leyó: "Lo que dice del otro lado no es cierto." Apenas despertó, buscó en la mesita. El papel no estaba. 
Rodericus Bartius, Los que son números y los que no lo son (1964)

domingo, 25 de enero de 2015

PIERRE GUYOTAT (1940.....)

Novelista francés nacido en 1940. Autor de Tumba para quinientos mil soldados (1967) y Edén, edén, edén (1970), libros de gran escándalo que tuvieron problemas con la censura de su país, llegando a prohibirse su publicación durante diez años.  
En su obra, la sexualidad exacerbada y la escritura reiterativa se mezclan en un estallido de rebeldía que pone en duda el funcionamiento de un sistema presidido por la represión.
Desintegración total del lenguaje en un caos erótico.
No es prosa ni es poesía, es un libre delirio literario de irreconocible estructura.
Su lectura va más allá del agrado o del desagrado, es una experiencia en la que todos los pecados del infierno se retuercen en la cabeza de un alfiler. 
Guyotat es el autor vivo más atroz y más original, más abrupto y más chocante y con una capacidad de alucinar a la que llegan muy pocos escritores.
Algún crítico sostiene que Guyotat es el único, que con un beso en la boca, ha hecho renacer al Divino Marqués de Sade.
Sus textos, de un exacerbado erotismo, desprenden una poesía sin complacencia, pura y desnuda, implícita y explícita, en la que los seres y las cosas son lanzados a un combate cuerpo a cuerpo, a un mundo sin moral ni jerarquía en el que el deseo es rey y nada puede ser declarado hermoso o repugnante.
En la obra de Guyotat no puede haber crítica, no se puede hablar ni de autor ni de temática, ni de estilo; tan solo hay que "entrar" en su lenguaje, participar de sus fantasmas, ser su cómplice y escribir y firmar al mismo tiempo que él.

edén, edén, edén  La novela se desarrolla durante la guerra civil de Argelia. (fragmento)
Los soldados con los cascos puestos, las piernas abiertas, los músculos tensos, magullaban a los recién nacidos envueltos en los chales escarlatas, violeta: los bebés ruedan fuera de los brazos de las mujeres acurrucadas sobre las láminas ametralladas de los G.M.C.; el chofer rechaza con su puño libre una cabra que se estrella contra la cabina; en el paso Ferkous, una sección del RIMA atraviesa la pista; los soldados saltan fuera de los camiones, desnudan sus torsos sombreados por el guardafango; las mujeres mecen a los bebés apretados contra sus senos, el balanceo del arrullo remueve, reforzados por el sudor del incendio, los perfumes impregnados en sus harapos, en sus pelos, en sus carnes; aceite, clavo, jena, mantequilla, índigo, azufre de antimonio, cebada, trigo, colmenares, tumbas, cantina, escuela, inmundicias, muros tapizados de escurrimientos de sesos, flores, polen, papeles, telas manchadas de leche, de mierda, de sangre......(y así, sin tregua, durante más de doscientas páginas).

viernes, 23 de enero de 2015

Individuo y Sociedad

Cuando se inició el interrogatorio, el asesino dio su primera respuesta dirigiendo una larga mirada sobre los miembros del Tribunal. Uno de éstos, el sustituto Milad, ofrecía un parecido asombroso con el acusado. La misma edad, el mismo ojo derecho mutilado, el corte y color del bigote, la línea y espesor del busto, la forma de la cabeza, el peinado. Un doble absolutamente idéntico. El asesino vio a su doble y algo debió acontecer en su conciencia. Hizo girar extrañamente su ojo izquierdo, extrajo su pañuelo y enjugó el sudor de sus duras mejillas. La primera pregunta de fondo, formulada por el presidente del Tribunal, decía:
- A usted le gustaban las mujeres y, además de Malou, tuvo usted a su doméstica, a su cuñada y dos queridas más.....
El acusado comprendió el alcance procesal de esta pregunta. Confuso, fue a clavar su único ojo bueno en el sustituto Milad, su doble, y dijo:
- Me gustaban las mujeres, como gustan a todos los hombres.....
El asesino parecía sentir un nudo en la garganta. La presencia de su doble empezaba a causar en él un visible aunque misterioso malestar, un gran miedo acaso.....
Siempre que se le formulaba una pregunta grave y tremenda, miraba con su único ojo a su doble y respondía cada vez más vencido. La presencia de Milad le hacía un daño creciente, influyendo funestamente en la marcha de su espíritu y del juicio. Al final de la primera audiencia, sacó su pañuelo y se puso a llorar.
En la tarde de la segunda audiencia, se ha mostrado aún más abatido. Ayer, día de la sentencia, el asesino era, antes de la condena, un guiñapo de hombre, un deshecho, un culpable irremediablemente perdido. Casi no ha hablado ya. Al leerse el veredicto de muerte, estuvo hundido en su banco, la cabeza sumersa entre las manos, insensible, frío, como una piedra. Cuando en medio del alboroto y los murmullos de la multitud consternada, le sacaron los guardias, sólo miraba fijamente a la cara de Milad, su doble, el sustituto.
A tal punto es social y solidaria la conciencia individual.
                                                                                                César Vallejo