miércoles, 11 de marzo de 2015

Esbozo de vértigo


París despierta. Es todavía de noche en esta mañana de noviembre. En la avenida del Observatorio un pájaro, uno sólo, ensaya algunos trinos. Me detengo y escucho. De pronto, oigo gruñidos en las inmediaciones. Imposible saber de dónde proceden. Por fin diviso a dos mendigos que duermen debajo de una camioneta: uno de ellos debe tener un mal sueño. Roto el encanto, sigo mi camino. En el urinario de la plaza de San Sulpicio tropiezo con una viejecilla medio desnuda... Horrorizado, me precipito dentro de la iglesia donde un cura jorobado, de mirada pérfida, explica a unos cuantos desgraciados de todas las edades que el fin del mundo es inminente y que el castigo será terrible.
                                    E.M. Cioran   Desgarradura (1979)

A una hora del vino

Inerme, estaba sentado aún en el baño, observando los insectos de la pared colocados en ángulos diferentes, como navíos en rada. Serpenteando, una oruga comenzó a acercársele atisbando a derecha e izquierda con inquisitivas antenas. Un enorme grillo de pulido fuselaje, se agarraba de la cortina y se mecía con leve movimiento a la vez que se limpiaba el rostro como un gato, en tanto que sus ojos, clavados en dos cañas, parecían girar en su cabeza. Se volvió esperando encontrar mucho más cerca a la oruga, pero también ella se había vuelto, desviando ligeramente sus amarras. Ahora un alacrán se le acercaba moviéndose con lentitud. De pronto el Cónsul se levantó temblando de pies a cabeza. Pero no era el alacrán lo que le importaba. De súbito las leves sombras de clavos aislados, las manchas de mosquitos aplastados, las mismas cicatrices y cuarteaduras de la pared comenzaban a pulular, así que, por doquiera que mirase, a cada momento, nacía otro insecto que comenzaba a arrastrarse hacia su corazón. Era como si ( y esto le resultaba lo más asombroso ) todo el mundo de los insectos se le acercase, le arrinconase y se precipitase sobre él. Por un momento, la botella de tequila en el fondo del jardín resplandeció en su alma y el Cónsul dando traspiés llegó hasta su recámara.
                   Malcolm Lowry  Bajo el volcán (1947) 

lunes, 9 de marzo de 2015

Las medias blancas















Tengo unas medias blancas de seda que me pongo
cuando me visto el traje negro de los recuerdos.
Son unas medias finas, hambrientas de fantasmas
que hacen juego con pájaros interiores, oscuros.

Las piernas, penetradas por estas bocas blancas,
levemente se abren con signos vegetales.
Los hilos amanecen en mi piel,
brotan, perdiéndose,
entre los elevados pensamientos más íntimos.
En derredor: imágenes de ocupación pelviana,
soberbias latitudes desde el puente atestiguan
la entraña y las enaguas levantadas al vuelo.
¡Qué holgada está la tela de la falda de flores,
la rodilla suavísima con olor a naranjas!
Por los muslos se agrandan los dibujos henchidos,
son copos invisibles calcinando altas cumbres.
Me infunden sobresaltos, me clavan dulces flechas,
tan finas son las mallas que asaltan los engarces
y hasta el ocre desierto los poros me rezuman
feroces destinos, presagios entreabiertos.
Siento flores y manos crecer entre las piernas
y más arriba el musgo
tapando el azulón vellón de la albufera.
No podría ponerme estas medias sabiendo
la gracia que se esconde, generosa en tu boca.
Espumosas persisten, sin causa me rodean,
temibles de tu roce, sin fatiga,

explorando.
            Isla Correyero  Lianas (1988)


domingo, 8 de marzo de 2015

¡Nunca nos soltaréis!

Hemos remado con el viento en contra y con las velas bajas.
¿Nunca nos soltaréis?
Comimos pan y cebolla cuando os apoderabais de las ciudades, corrimos a bordo cuando el enemigo os rechazaba.
Los capitanes cantaban en la cubierta cuando el tiempo era hermoso, nosotros estábamos abajo.
Nos desmayábamos con el mentón en los remos, no veíais que estábamos ociosos, porque nos hamacaba la nave.
¿Nunca nos soltaréis?
Con la sal, los cabos de los remos eran ásperos como la piel de los tiburones, el agua salada nos ajaba las rodillas hasta los huesos, el pelo se nos pegaba en la frente, nuestros labios deshechos mostraban las encías. Nos azotabais porque no seguíamos remando.
¿Nunca nos soltaréis?
Pero en breve nos iremos por los escobenes como el agua que se va por el remo y aunque los otros remen detrás, no nos agarraran hasta que agarren lo que aventan los remos y hasta que aten los vendavales en el hueco de la vela.
¡Nunca nos soltaréis!
                                          Rudyard Kipling  Many Inventions  (1893)

Poema de un gusto que no es el mío

La cabeza no era más que una bola vieja y pequeña en el gran lecho blanco. El almohadón de seda ornado, con una pasamanería correctamente asentada sobre la costura, daba cara a la lámpara. La madre estaba en el hueco de éste valle blanco, con la dentadura quitada; y el hijo cerca de la mesa de noche con sus diez y siete años y el vello que los granos impedían afeitarse, se asombraba de que en ese antiguo y gran lecho, de esa pequeña bola sin dientes, hubiera podido salir una maravillosa personalidad conquistadora y tan evidentemente genial como la suya. De todos modos, la bola pequeña y arrugada no quería que abandonase la lámpara cerca del valle blanco. Hubiera sido preferible que no se alejase, porque esta lámpara le ha impedido verdaderamente vivir en otra parte cuando no vivía cerca de ella.
                                              Max Jacob   El cubilete de dados (1906)

sábado, 7 de marzo de 2015

Lulú la meona













Todo da vueltas, todo.
Lulú camina y camina y a veces se detiene
para hablar por teléfono estirando
una pierna y fumando con odio.
Todo da vueltas, todo.
El amor es una manera más de 
descomponerse en la vida.
Qué haremos, amor mío,
con toda la ropa sucia.
Lulú no sabe qué hacer con los senos
que cuelgan como mangueras.
Es evidente, le digo, se ama tantas veces
que llega un momento en que se está demasiado 
cansado para amar siempre.
Yo te amo, te amaba, te amé.
Para toda la vida, claro, sin ninguna vacilación
y entregado del todo.
Tú sabes.
Lulú viene desnuda a solucionar
los problemas del mundo.
     Fin de otro conflicto doméstico.
                                        Fernando Tola de Habich  Lulú la meona  (1977)

viernes, 6 de marzo de 2015

La guerra a muerte entre el elefante y el dragón

Los dos animales más opuestos y que más rivalizan entre sí son el dragón y el elefante, que se odian extraordinariamente uno a otro, más que ninguna otra bestia en el mundo, y mantienen guerra perpetua.
El dragón desea la muerte del elefante, porque la sangre de éste, que es fría, apaga el enorme calor y ardor del veneno del dragón, cuando la bebe. Así, el dragón se coloca al acecho en los caminos por donde sabe que pasan los elefantes, y enrosca su cola al muslo del elefante, y lo oprime con tal fuerza, que lo hace caer a tierra, matándolo a continuación.
Estos grandes dragones nacen en las Indias y en Etiopía entre los grandes ardores del sol. Cuando el dragón ataca al elefante, éste lo pisa, aplastándolo con su gran peso.
Igualmente, cuando el elefante ve al dragón encaramado a un árbol y acechando su paso, se va derecho al árbol para matar al dragón; y el dragón salta sobre la espalda del elefante, le muerde entre las ancas y le saca a veces los ojos; luego, se vuelve a la herida que le ha causado y le chupa la sangre, hasta que el elefante se debilita tanto, que se deja caer. Y si el dragón no es ágil, cuando cae el elefante, si no se aparta rápidamente, el elefante cae sobre él y lo aplasta con su peso. Así, al morir, mata a su asesino. . .
                                                                      Bestiario Medieval

jueves, 5 de marzo de 2015

Los incendios, los mitógrafos

Así es este amor: como tu rabadilla asándose. Una fuente llena de prietas, de hígados hirviendo y costillas y bofes y bonetes todavía en llamas : al rojo araucano es este amor. Aquí no tiene peso el lamento de las aves ni el contre turbio -carne para niñitos- ni la pulpa de la posta rosada ni la negra ni el hueso de vaca para los enfermos. Y aquí, bacán hincado a tus pies, yo te beso y muerdo tus chunchules y esto se acaba. Por eso no te acuestes: se incendiaría la fatuidad de los tomates. Por ahora las cebollas entran en la hoguera y allí son decapitadas. Entonces sube el olor del ozono indomable y aparecen los incendios, los mitógrafos, y mañana las cenizas.
                       Hernán Lavín Cerda   El pálido pie de Lulú (1977)

miércoles, 4 de marzo de 2015

Apertura

Todos los ruidos habituales, roces de sillas, carraspeo de gargantas, toses apagadas, restregamiento de pies, crujidos, chirridos de polvo; más cerca la ropa se ablanda con el calor.
Un auténtico bosque que invierte sus hojas, las orienta en todos los sentidos.
   Apertura: raja, orificio, espacio vacío en el interior de un cuerpo, principio, inauguración destinada a ambientar la obra que sigue a continuación. ¡Música! ¡Comedia! Cierto, la innegable superioridad de la mujer sobre el hombre; él cae en la trampa. Basta con representar una escena y añadir: ¡poséeme! ¡Teatro! Los tres timbres. El silencio se mantiene gracias al pesado telón que cuelga con sus pliegues canalizados hacia el suelo de modo que permanezca cerrado. La espera, minutos tan largos como los de la noche antes de que aparezca desnudo, impúdico, un bosque o una calle, una habitación despanzurrada, un vientre. (Fragmento)

Janine Aeply  Una chica casadera (1961)
Janine Aeply desarrolla en esta sutil y poética novela erótica, el tema de la angustia femenina ante la ausencia del compañero sexual que, de una forma exasperada y llena de alucinaciones, es reemplazado por una delirante orgía de la imaginación. Con la evidente presencia en cada una de sus páginas de la masturbación física y mental de la protagonista, Una chica casadera es una novela en la que, en todo momento, predomina un lirismo y una capacidad evocativa poco común en este tipo de literatura.



domingo, 1 de marzo de 2015

Alféizar

Estoy cárdeno. Mientras me peino, al espejo advierto que mis ojeras se han amoratado aún más, y que sobre los angulosos cobres de mi rostro rasurado se ictericia la tez acerbadamente.
Estoy viejo. Me paso la toalla por la frente, y un rayado horizontal en resaltos de menudos pliegues, acentúase en ella, como pauta de una música fúnebre, implacable. . . Estoy muerto.
Mi compañero de celda hase levantado temprano y está preparando el té cargado que solemos tomar cada mañana, con el pan duro de un nuevo sol sin esperanza.
Nos sentamos después a la desnuda mesita, donde el desayuno humea melancólico, dentro de dos porcelanas sin plato. Y estas tazas a pie, blanquísimas ellas y tan limpias, este pan aún tibio sobre el breve y arrollado mantel de damasco, todo este aroma matinal y doméstico, me recuerda mi paterna casa, mi niñez santiaguina, aquellos desayunos de ocho y diez hermanos de mayor a menor, como los carrizos de una antara, entre ellos yo, el último de todos, parado junto a la mesa del comedor, engomado y chorreando el cabello que acababa de peinar una de las hermanitas; en la mano izquierda un bizcocho entero ¡había de ser entero! y con la derecha de rosadas falangitas, hurtando a escondidas el azúcar de granito en granito. . .
¡Hay!, el pequeño que así tomaba el azúcar a la buena madre, quien, luego de sorprenderle, se ponía a acariciarle, alisándole los repulgados golfos frontales.:
 -Pobrecito mi hijo. Algún día acaso no tendrá a quién hurtarle azúcar, cuando él sea grande, y haya muerto su madre.
Y acababa el primer yantar del día, con dos ardientes lágrimas de madre, que empapaban mis trenzas nazarenas.
                                   César Vallejo   Escalas: cuneiformes (1923)