Es que vivir se parece mucho a la ceguera y a la vejez. En todo caso, no es patético, es algo bueno, las cosas se alejan, se esfuman, se desdibujan y uno puede imaginarlas mejor o recordarlas.
Es como la ausencia, que es una forma de presencia, o la nostalgia, por ejemplo. La ceguera se parece a todas esas cosas que son ciertamente preciosas, a la nostalgia, a la vejez, que es hermosa también. Es aceptar tus límites, darse cuenta de quién es uno, de lo que puede ser, o mejor, de lo que no puede ser, sobre todo. Y eso es grato, sí. Ya durante toda la vida uno está buscándose y luego, en la vejez, uno se encuentra y se encuentra en sus límites sobre todo. La ceguera es ciertamente un límite, es una especie de cárcel, pero no penosa. La gente es muy buena con los ciegos; con los sordos no, con los sordos es irritable, pero con los ciegos es generosa.....
J.L. Borges
miércoles, 30 de septiembre de 2015
martes, 29 de septiembre de 2015
Un cuento casi sufí
Recogí
a un vagabundo en la carretera. Me arrepentí enseguida. Olía mal. Sus
harapos ensuciaron la tapicería de mi coche. Pero Dios premió mi acto de
caridad y convirtió al vagabundo en una bella princesa. Ella y yo
pasamos la noche en un motel. Al amanecer, me desperté en brazos del
maloliente vagabundo. Y comprendí que Dios nos premia con los sueños y
nos castiga con la realidad.
Gonzalo Suárez (1934....)
Gonzalo Suárez (1934....)
lunes, 28 de septiembre de 2015
A quien me leyere
Los libros caían sobre mi máscara (y donde había un rictus de viejo moribundo), y las palabras me azotaban y un remolino de gente gritaba contra los libros, así que los eché todos a la hoguera para que el fuego deshiciera las palabras.....
Y salió un humo azul diciendo adiós a los libros y a mi mano que escribe: "Rumpete libros, ne rumpant anima vestra*" : que ardan, pues, los libros en los jardines y en los albañales y que se quemen mis versos sin salir de mis labios.
El único emperador es el emperador del helado, con su sonrisa tosca, que imita a la naturaleza y su olor a queso podrido y vinagre. Sus labios no hablan y ante esa mudez de asombro, caigo estático de rodillas, ante el cadáver de la poesía.
* "Rompe los libros, pero no rompas tu alma"
Leopoldo María Panero (1948-2014)
Y salió un humo azul diciendo adiós a los libros y a mi mano que escribe: "Rumpete libros, ne rumpant anima vestra*" : que ardan, pues, los libros en los jardines y en los albañales y que se quemen mis versos sin salir de mis labios.
El único emperador es el emperador del helado, con su sonrisa tosca, que imita a la naturaleza y su olor a queso podrido y vinagre. Sus labios no hablan y ante esa mudez de asombro, caigo estático de rodillas, ante el cadáver de la poesía.
* "Rompe los libros, pero no rompas tu alma"
Leopoldo María Panero (1948-2014)
El Cielo y el Infierno
En un reino lejano de Oriente se encontraban dos amigos que tenían la curiosidad y el deseo de saber sobre el Bien y el Mal. Un día se acercaron a la cabaña del sabio Lang para hacerle algunas preguntas. Una vez dentro le preguntaron:
-Anciano, diganos: ¿qué diferencia hay entre el Cielo y el Infierno.....
El sabio contestó:
- Veo una montaña de arroz recién cocinado, todavía sale humo. Alrededor hay muchos hombres y mujeres con mucha hambre. Los palos que utilizan para comer son más largos que sus brazos. por eso cuando cogen el arroz no pueden hacerlo llegar a sus bocas y la frustración y la ansiedad cada vez van a más.
Más tarde el sabio prosiguió:
- Veo también otra montaña de arroz recién cocinado, todavía sale humo. Alrededor hay muchas personas alegres que sonríen con satisfacción. Sus palos son también más largos que sus brazos.
Aun así, han decidido darse de comer unos a otros.
Sabiduría Oriental
-Anciano, diganos: ¿qué diferencia hay entre el Cielo y el Infierno.....
El sabio contestó:
- Veo una montaña de arroz recién cocinado, todavía sale humo. Alrededor hay muchos hombres y mujeres con mucha hambre. Los palos que utilizan para comer son más largos que sus brazos. por eso cuando cogen el arroz no pueden hacerlo llegar a sus bocas y la frustración y la ansiedad cada vez van a más.
Más tarde el sabio prosiguió:
- Veo también otra montaña de arroz recién cocinado, todavía sale humo. Alrededor hay muchas personas alegres que sonríen con satisfacción. Sus palos son también más largos que sus brazos.
Aun así, han decidido darse de comer unos a otros.
Sabiduría Oriental
sábado, 26 de septiembre de 2015
Nos necesitamos mutuamente
Más vale admitirlo desde ahora: los hombres y las mujeres se necesitan mutuamente. Tanto da que, después de muchos cabezazos contra las paredes, de mucho rebelarnos y enfurruñarnos, nos rindamos y lo aceptemos con una sonrisa. Todos somos individualistas, todos somos egoístas, todos creemos intensamente en la libertad, por lo menos en la nuestra. Queremos ser perfectos y bastarnos a nosotros mismos. Y el hecho de que otro ser humano nos sea simplemente indispensable, constituye un duro golpe para nuestra autoestima. No nos importa elegir y seleccionar enfáticamente entre las mujeres. . . .o entre los hombres si la que debe elegir es una mujer. Pero tener que llegar al desagradable y punzante extremo de reconocer "¡Dios mio, no puedo vivir sin esta turbulenta mujer mía!", es algo espantosamente humillante para nuestra solitaria altivez.Y cuando digo "sin esta mujer mía", no me refiero a una querida, a la relación sexual en el sentido francés. Me refiero a la mujer, a mi relación con la mujer misma. Difícilmente existe algún hombre capaz de vivir con alegría sin una relación con determinada mujer: a menos que, desde luego, le haga desempeñar el papel de mujer a otro hombre. Y lo mismo puede decirse de la mujer. Difícilmente hay sobre la tierra una mujer capaz de vivir con alegría sin alguna relación íntima con un hombre: a menos que sustituya al hombre por otra mujer.
D.H. Lawrence (1885-1930)
jueves, 24 de septiembre de 2015
El cocodrilo
Es una bestia glotona, que come demasiado. Y cuando está harto, se tiende en la orilla de algún río, y no hace sino eructar, de puro ahíto. Entonces llega un pajarillo llamado reyezuelo, que vuela ante sus fauces para hacérselas abrir; cosa que no quiere hacer el cocodrilo, porque está demasiado lleno. Pero la avecilla sigue con su vuelo, tanto que le hace abrir la boca, para bostezar o con otro fin. Penetra al interior, y tanto rasca con sus garras, que le hace dormirse. Después, cuando se da cuenta de que duerme, entra en su vientre y lo perfora con las uñas y el pico, pues no hay nada más tierno ni blando que su vientre y sus entrañas.....
Anónimo
Anónimo
Medias
Incluso
ahora, veinte años después, puedo verle colocándose las medias de su
novia alrededor del cuello antes de partir para una emboscada.
Era su
único rasgo excéntrico. Las medias, decía, tenían las propiedades de un
amuleto. Le gustaba hundir la nariz en el nailon y aspirar el aroma del
cuerpo de su novia; le gustaban los recuerdos que ello le inspiraba; a
veces dormía con las medias contra la cara, como duerme un niño con una
manta mágica, seguro y tranquilo. Pero sobre todo las medias eran como
un talismán. Le mantenían a salvo. Le daban acceso a un mundo espiritual
donde las cosas eran suaves e íntimas, un sitio adonde algún día
llevaría a vivir a su novia. Como muchos de nosotros en Vietnam, Dobbins
sentía el tirón de la superstición, y creía con firmeza y absolutamente
en el poder protector de las medias. Eran como una armadura, pensaba.
Cada vez que nos poníamos el equipo para una emboscada nocturna,
mientras nos colocábamos los cascos y los chalecos antibalas, Henry
Dobbins ejecutaba el ritual de acomodarse las medias de nailon alrededor
del cuello; hacía un nudo con esmero y dejaba caer ambas perneras por
encima del hombro izquierdo. Le gastábamos bromas, desde luego, pero
llegamos a apreciar el misterio de todo aquello. Dobbins era
invulnerable. No había sufrido ni una herida, ni un rasguño. En agosto
tropezó con una mina, que no estalló. Y una semana después quedó al
descubierto durante un feroz y breve tiroteo cruzado, sin ningún sitio
donde cubrirse, pero se limitó a deslizar las medias sobre su nariz y a
respirar hondo y dejar que la magia funcionara.
Nos convirtió en un pelotón de creyentes. No discutes los hechos.
Pero,
hacia fines de octubre, su novia le dejó. Fue un golpe duro. Dobbins se
quedó quieto un rato, con los ojos bajos, clavados en la carta, pero al
fin sacó las medias y se las ató alrededor del cuello como una bufanda.
–No hay que hacerse mala sangre –dijo–. Yo la sigo amando. La magia no desaparece.
Fue un alivio para todos nosotros.
Tim O´Brien (1946.....)
Tim O´Brien (1946.....)
lunes, 21 de septiembre de 2015
No, no y no
El señor Silicoso está completamente loco si se imagina que voy a darle una hormiga. Por el momento no pide más que una, creyendo que va a convencerme con su modestia, pero al principio pedía mucho más, quería cantidad de hormigueros, legiones de hormigas, prácticamente todas las hormigas.
Está loco. No solamente no voy a darle la hormiga sino que tengo la intención de pasearme delante de su casa llevándola conmigo para hacerlo rabiar. Procederé de la manera siguiente: primero me pondré mi corbata amarilla, y después de haber elegido la más esbelta y vivaz de mis hormigas, la soltaré para que se pasee por la corbata. Habrá así un doble paseo, en el que yo iré y vendré frente a la casa del señor Silicoso y mi hormiga irá y vendrá por mi corbata. ¿He dicho un doble paseo? Más bien una apertura infinita de paseos en espiral, pues si bien la hormiga se pasea por mi corbata, mi corbata se pasea conmigo y, en ese mismo momento, el señor Silicoso, que cree estar inmóvil se asomará al balcón a tiempo para ver a mi hormiga perfectamente dibujada con todas sus patas y sus antenas sobre mi corbata amarilla que le parecerá, pobre hombre, una espada flamígera. Entonces empezará a soltar por boca y nariz una baba semejante al macramé, y su esposa e hijas acudirán para hacerle respirar sales y tenderlo en el canapé del salón. Salón que conozco demasiado bien, después de tantas veladas que he pasado bebiendo té casi frío junto a esa familia ávida de insectos.
Julio Cortázar (1969)
Está loco. No solamente no voy a darle la hormiga sino que tengo la intención de pasearme delante de su casa llevándola conmigo para hacerlo rabiar. Procederé de la manera siguiente: primero me pondré mi corbata amarilla, y después de haber elegido la más esbelta y vivaz de mis hormigas, la soltaré para que se pasee por la corbata. Habrá así un doble paseo, en el que yo iré y vendré frente a la casa del señor Silicoso y mi hormiga irá y vendrá por mi corbata. ¿He dicho un doble paseo? Más bien una apertura infinita de paseos en espiral, pues si bien la hormiga se pasea por mi corbata, mi corbata se pasea conmigo y, en ese mismo momento, el señor Silicoso, que cree estar inmóvil se asomará al balcón a tiempo para ver a mi hormiga perfectamente dibujada con todas sus patas y sus antenas sobre mi corbata amarilla que le parecerá, pobre hombre, una espada flamígera. Entonces empezará a soltar por boca y nariz una baba semejante al macramé, y su esposa e hijas acudirán para hacerle respirar sales y tenderlo en el canapé del salón. Salón que conozco demasiado bien, después de tantas veladas que he pasado bebiendo té casi frío junto a esa familia ávida de insectos.
Julio Cortázar (1969)
sábado, 19 de septiembre de 2015
La realidad es una loca de remate
Quiero saber.
Fue a mediados de 1970, en el oriente de Cuba. El hombre estaba ahí, plantado en la puerta, esperando. Me disculpé. Le dije que poco entendía yo de marxismo, algo nomás, alguito, y que mejor consultaba a un especialista en La Havana.
-Ya me llevaron a La Havana -me dijo-. Allá me vieron los médicos. Y me vio el comandante. Fidel me preguntó:
"Oye, ¿y lo tuyo no será ignorancia?"
Por comer vidrio, le habían quitado el carnet de la Juventud Comunista.
-Aquí, en Baracoa, me hicieron el proceso.
Trígimo Suárez era miliciano ejemplar, machetero de avanzada y obrero de vanguardia, de esos que trabajan veinte horas y cobran ocho, siempre el primero en acudir a voltear caña o tirar tiros, pero tenía pasión por el vidrio.
-No es vicio -me explicó-. Es necesidad.
Cuando Trígimo era movilizado por cosecha o guerra, la madre le llenaba la mochila de comida: le ponía algunas botellas vacías, para el almuerzo y la cena, y para los postres, tubos de luz en desuso. También le ponía unas cuantas lámparas quemadas, para las meriendas.
Trígimo me llevó a la casa, en el reparto Camino Cienfuegos, de Baracoa. Mientras charlábamos, yo bebía café y el comía lámparas. Después de acabar con el vidrio, chupaba, goloso, los filamentos.
-El vidrio me llama. Yo amo al vidrio como amo a la revolución.
Trígimo afirmaba que no había ninguna sombra en su pasado. Él nunca había comido vidrio ajeno, salvo una sola vez, cuando estando muy loco de hambre le había devorado los anteojos a un compañero de trabajo.
Eduardo Galeano
miércoles, 16 de septiembre de 2015
La fábula de los ciegos
Durante
los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los
internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se
resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del
tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se
dio el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el
de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos
videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer
brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que
saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida en que
tal cosa sea posible para unos ciegos.
Por
desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la
pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista.
Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último
consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba
cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a
salir mal.
Este
primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido
de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A
partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la
indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y
hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos
las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por
lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de muy mal talante, los
trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las
necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque,
caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta
cuestión suscitó la aparición de dos partidos.
Para
sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo
edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero
esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo.
Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más
quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró
largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de
suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.
Un
sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había
consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin
embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas
personas autorizadas a opinar en materia de música.
Herman Hesse
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