sábado, 28 de febrero de 2015

La foto

Jaime y Paula se casaron. Ya durante la luna de miel fue evidente que Paula se moría. Apenas unos pocos meses de vida le pronosticó el médico. Jaime, para conservar ese bello rostro, le pidió que se dejara fotografiar. Paula, que estaba plantando una semilla de girasol en una maceta, lo complació: sentada con la maceta en la falda sonreía y...
¡Clic!
Poco después, la muerte. Entonces Jaime hizo ampliar la foto -la cara de Paula era bella como una flor-, le puso vidrio, marco y la colocó en la mesita de noche.
Una mañana, al despertarse, vio que en la fotografía había aparecido una manchita. ¿Acaso de humedad? No prestó más atención. Tres días más tarde: ¿qué era eso? No una mancha que se superpusiese a la foto sino un brote que dentro de la foto surgía de la maceta. El sentimiento de rareza se convirtió en miedo cuando en los días siguientes comprobó que la fotografía vivía como si, en vez de reproducir a la naturaleza, se reprodujera en la naturaleza. Cada mañana, al despertarse, observaba un cambio. Era que la planta fotografiada crecía. Creció, creció hasta que al final un gran girasol cubrió la cara de Paula.
                                                                                         Enrique Anderson Imbert  (1910-2000)

viernes, 27 de febrero de 2015

La cabellera de la sombra


En la oscuridad sentí una cabellera, una larga cabellera...
No quise ni encender la luz, ni espantarla...
Quise cazar aquella cabeza a la que pertenecía la cabellera y saqué mi peine de bolsillo para convencer al cabello con esa caricia del peinado que convence a todas las cabelleras.
Eran sedosos y vivos los cabellos —juro que no eran los de ninguna muerta—, y aunque avancé sigiloso por las galerías oscuras sin dejar de peinar los oleosos cabellos, no encontraba la cabeza buscada.
¡Qué larga cabellera! Como cola de vestido que daba vueltas a las habitaciones aunque su dueña estuviese muy lejos. 
Era una cosa de la realidad con algo de ilusión. Me acerqué los cabellos como quien se acerca una flor para cloroformizarse de perfume, y percibí el olor humano de los cabellos, con un remoto recuerdo lanar...
Jugándome el todo por el todo, dejé la cabellera y encendí la luz.
Nada.
Pero había tenido la voluptuosidad de tener en mis manos la incentiva cabellera de la oscuridad. 
          Ramón Gómez de la Serna  Los muertos y las muertas (1935)


  
           

jueves, 26 de febrero de 2015

La manzana: tragedia


Así pues, al séptimo día
La serpiente descansó.
Dios vino a él.
"He inventado otro juego", dijo

La serpiente
Contempló sorprendida a aquel intruso.
Pero Dios dijo: "¿Ves esta manzana?
La exprimo y mira... : sidra",

La serpiente bebió un buen trago
Y se curvó en una pregunta.
Adán bebió y dijo: "Sé mi dios".
Eva bebió y se abrió de piernas

Y llamó a la astuta serpiente
Y le dio gusto.
Dios corrió a decírselo a Adán
Quien, ebrio de ira, trató de ahorcarse en el huerto.

La serpiente intentó explicarse, gritando "¡Alto!, ¡Alto!
Pero la sidra le hacía tartamudear
Y Eva empezó a chillar: "¡Violación!, ¡Violación!
Y a patearle la cabeza.

Ahora, siempre que la serpiente aparece, Eva grita:
"¡Que viene! ¡Que viene! ¡Socorro!"
Y Adán estrella una silla contra su cabeza,
Y Dios asiente complacido.

Y todo se va al infierno.
      Ted Hughes  Cuervo (1985)

miércoles, 25 de febrero de 2015

El Lobo


Logré que uno de mis compañeros de hostería -un soldado más valiente que Plutón- me acompañara. Al primer canto del gallo emprendimos la marcha; brillaba la luna como el sol a mediodía. Llegamos a una tumbas. Mi hombre se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: lo vi orinar alrededor de su ropa y convertirse en Lobo.
Lobo, rompió a dar aullidos y huyó al bosque.
Fui a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra.
Desenvainé la espada y temblando llegué a casa. Melisa se extrañó de verme llegar a tales horas. "Si hubieras llegado un poco antes", me dijo, "hubieras podido ayudarnos". Un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas, fue una verdadera carnicería, logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza.
Al día siguiente volví por el camino de las tumbas. En lugar de la ropa petrificada había una mancha de sangre. Entré en la hostería; el soldado estaba tendido en un lecho. Sangraba como un buey, un médico estaba curándole el cuello.
                                                                Petronio   Satiricón (Siglo I)

Azotando a la doncella

Ella entra, premeditadamente, gravemente, sin afectación, circunspecta en sus movimientos, sin pisar demasiado fuerte, ni arrastrar las piernas al caminar, sino avanzando sosegadamente, discretamente, mirando de soslayo la arrugada cama vacía. El pijama tirado. Vacila. No. Otra vez. Entra. Premeditadamente y gravemente, sin afectación, sin pisar demasiado fuerte, ni arrastrar las piernas al caminar, sin marcar el paso como en un baile, ni llevando el compás con la cabeza y las manos, ni mirando fijamente o volviendo la cabeza a uno u otro lado, sino avanzando sosegadamente y discretamente por la puerta, por el suelo encerado, pasando la arrugada cama vacía y el pijama tirado, hasta el cortinaje de la pared del fondo. Como se le ha enseñado. Ahora, con un gesto humilde y sin embargo autoritario, descorre las cortinas: ¡ah! la luz de la mañana entra inundando las baldosas relucientes como arrojada de un cubo. Abre de par en par las puertas de cristal detrás de las cortinas y se queda mirando un momento el jardín, dispuesta a dejar que entre el dulce hálito de la mañana y le excite a los logros más generosos y eficaces, pero su mente sigue fija en la imagen, al principio agradable, ahora inquietante de la luz derramándose por la habitación: como de un cubo.....Suspira. Entra. Con un cubo. Pone el cubo en el suelo, premeditadamente, gravemente, y se dirige al otro lado de la habitación, por las baldosas enceradas, pasando la arrugada cama vacía para descorrer el cortinaje de la pared del fondo. Cubos de luz entran desbordándose y la habitación, cuando abre de par en par las puertas de cristal, queda endulzada por el aire fresco de la mañana que entra por el jardín. El sol ha salido del todo y las nubes rosadas del amanecer han desaparecido del cielo, pero el rocío está todavía en todas las plantas del jardín, y todo parece limpio y radiante. Como lo estará la habitación de él cuando la haya terminado.
                                          Robert Coover  Azotando a la doncella (1982)   (Fragmento)

martes, 24 de febrero de 2015

Las gafas

Tengo gafas para ver verdades. Como no tengo costumbre no las uso nunca.
Sólo una vez...
Mi mujer dormía a mi lado.
Puestas las gafas, la miré.
La calavera del esqueleto que yacía debajo de las sabanas roncaba a mi lado, junto a mí.
El hueso redondo sobre la almohada tenía los cabellos de mi mujer, con los rulos de mi mujer.
Los dientes descarnados que mordían el aire a cada ronquido, tenían la prótesis de platino de mi mujer.
Acaricié los cabellos y palpé el hueso procurando no entrar en las cuencas de los ojos: no cabía duda, aquello era mi mujer.
Dejé las gafas, me levanté, y estuve paseando hasta que el sueño me rindió y me volvió a la cama.
Desde entonces, pienso mucho en las cosas de la vida y de la muerte.
Amo a mi mujer, pero si fuera más joven me metería a monje.
                                   Matías García Megías

La protección por el libro

El literato Wu había insultado al mago Chang Ch´i Shen. Seguro de que éste procuraría vengarse, Wu pasó la noche levantado, leyendo, a la luz de la lámpara, el sagrado Libro de las Transformaciones. De pronto se oyó un golpe de viento, que rodeaba la casa, y apareció en la puerta un guerrero, que lo amenazó con su lanza. Wu lo derribó con el libro. Al inclinarse para mirarlo, vio que no era más que una figura, recortada en papel. La guardó entre las hojas. Poco después entraron dos pequeños espíritus malignos, de cara negra y blandiendo hachas. También éstos, cuando Wu los derribó con el libro, resultaron ser figuras de papel. Wu las guardó como a la primera. 
A medianoche, una mujer, llorando y gimiendo, llamó a la puerta.
   -Soy la mujer de Chang -declaró-. Mi marido y mis hijos vinieron a atacarlo y usted los ha encerrado en su libro. Le suplico que los ponga en libertad.
   -Ni sus hijos ni su marido están en mi libro -contestó Wu-. Sólo tengo estas figuras de papel.
   -Sus almas están en esas figuras -dijo la mujer-. Si a la madrugada no han vuelto, sus cuerpos, que yacen en casa, no podrán revivir.
   -¡Malditos magos! -gritó Wu-. ¿Qué merced pueden esperar? No pienso ponerlos en libertad. De lástima, le devolveré uno de sus hijos pero no pida más.
Le dio una de las figuras de cara negra.
Al otro día supo que el mago y su hijo mayor habían muerto esa noche.
                                  Gerald Willoughby-Meade  Tales of China  (1925)

lunes, 23 de febrero de 2015

TEOLOGÍA

Como ustedes no lo ignoran, he viajado mucho. Esto me ha permitido corroborar la afirmación de que siempre el viaje es más o menos ilusorio, de que nada nuevo hay bajo el sol, de que todo es uno y lo mismo, etcétera, pero también, paradójicamente, de que es infundada cualquier desesperanza de encontrar sorpresas y cosas nuevas: en verdad el mundo es inagotable. Como prueba de lo que digo bastará recordar la peregrina creencia que hallé en el Asia Menor, entre un pueblo de pastores, que se cubren con pieles de ovejas y que son los herederos del antiguo reino de los Magos. Esta gente cree en el sueño.
"En el instante de dormirte, me explicaron, según hayan sido tus actos durante el día, te vas al cielo o al infierno". Si alguien argumentara: "Nunca he visto partir a un hombre dormido; de acuerdo con mi experiencia, quedan echados hasta que uno los despierta", contestarían: "El afán de no creer en nada te lleva a olvidar tus propias noches -¿quién no ha conocido sueños agradables y sueños espantosos- y a confundir el sueño con la muerte. Cada uno es testigo de que hay otra vida para el soñador; para los muertos es diferente el testimonio: ahí quedan, convirtiéndose en polvo."
                                    H.Garro   Tout lou Mond  (1918)

La explicación

Un hombre, en la vigilia, piensa bien de otro y confía en él plenamente, pero lo inquietan sueños en que ese amigo obra como enemigo mortal. Se revela, al fin, que el carácter soñado era el verdadero. La explicación sería la percepción instintiva de la realidad.
                   
Nathaniel Hawthorne  Note-books (1868)

La sentencia

Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.
Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.
Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron:
-Cayó del cielo.
Wei Cheng, que había despertado, lo miró con perplejidad y observó:
-Que raro, yo soñé que mataba a un dragón así.
                                                                                   Wu Ch´eng-en  (1505-1580)