domingo, 17 de agosto de 2014

MUERTE HEROICA

    En una ciudad donde la gente disconforme nunca consideraba suficientes sus diversiones, un consorcio contrató a un hombre que debía pararse de cabeza en la punta de un campanario para luego dejarse caer y matarse. Por hacer eso le pagarían quinientas mil coronas. Todas las clases sociales se mostraron vivamente interesadas por la perspectiva de ese espectáculo, y las tarjetas para poder presenciarlo fueron totalmente vendidas en pocos días. No se hablaba de otra cosa. Todos encontraban que la empresa era temeraria, pero coincidían que la suma estipulada en el contrato era justa.
Podía considerarse muy agradable eso de lanzarse al vacío, sobre todo desde semejante altura, y matarse, pero también había que pensar en que el precio acordado con el hombre le fuera pagado como correspondía. El consorcio lo había previsto todo, sin ahorrar esfuerzos, para que el acto organizado saliera bien, de modo que la ciudad pudiera sentirse orgullosa de ofrecer tal atracción.
De más está decir que la admiración general se orientó también, y en forma intensa, hacia el hombre que se había comprometido a realizar aquella prueba. Los cronistas de todos los diarios se lanzaron sobre él con entusiasmo, especialmente cuando faltaban pocos días para el acontecimiento. El hombre los recibió muy cordialmente en su habitación del hotel más prestigioso de la ciudad.
-Sí, para mí esto no es más que un negocio -les aclaró-; me han ofrecido la suma que ustedes saben y he aceptado el compromiso. Eso es todo.
-Pero ¿no le parece a usted bastante incómodo encontrarse en la necesidad de entregar la vida? Se comprende que eso es imprescindible, ya que de otro modo no se lograría un espectáculo sensacional y el consorcio no podría pagar lo que ha prometido; pero, personalmente, para usted no debe ser muy agradable.
-Tiene usted mucha razón, y también yo lo he pensado. Pero ¡qué es lo que no hace un hombre por el dinero! Sobre la base de esa conversación los diarios publicaron extensos artículos acerca del hasta entonces desconocido ciudadano, sobre su carácter, su vida privada, su pasado, sus ideas y sus opiniones relativas a los distintos problemas del presente. Su fotografía surgía siempre en cualquier revista que uno abriera. Se trataba de un hombre joven y fuerte, sin ninguna particularidad notable, pero a quien se adivinaba alegre y decidido: era un representante típico de la mejor juventud de la época, animoso y sano. 
Pero no había quien no estuviera de acuerdo en que la iniciativa era original y fantástica, propia de las posibilidades y el entusiasmo de los intensos y extraordinarios tiempos que vivimos.
Por fin llegó el gran día. La gente se apretujaba a lo largo de las calles que rodeaban el campanario. La expectativa era inusitada. Todos contenían el aliento hasta el máximo límite posible en la espera de lo que iba a suceder.
Y el hombre cayó. El espectáculo fue de corta duración. Los espectadores se dirigieron a sus casas. No sabían bien por qué, pero se sentían decepcionados. Era verdad que había sido algo grandioso, pero de todos modos.....¡No había hecho más que matarse! Habían pagado demasiado caro por algo que, después de todo, resultó muy sencillo. Era cierto que el hombre había quedado espantosamente deshecho, más ¿qué placer habían obtenido con eso? ¡Un joven lleno de esperanzas sacrificado así? Regresaban a sus hogares descontentos. No, presentar semejantes horrores debería estar completamente prohibido. ¿Quién podía divertirse con eso?

                                                                                        Pär Lagerkvist   Historias tristes