miércoles, 21 de mayo de 2014

ESCRIBIR

ESCRIBIR es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, fenómenos del fondo, y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan.
Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.
                     
                            José Ángel Valente  Mandorla

martes, 20 de mayo de 2014

JANO BIFRONTE***

No hablemos más del "medio claustro" ni de las dos ciudades, ni de aquella ciudad cercada como almendra con sus dos catedrales. Mirando un plano de hace cien años nuestra imaginación nos hace ver un corazón invertido sobre el río, una cebolla despuntando hacia el norte, un yelmo sin penacho, una raíz de remolacha con algunas heridas y adherencias.
" Las injurias de los hombres, más que las de los tiempos " diezmaron (sólo en parroquias cayeron 25) un entramado de monasterios-conventos-colegios mayores-militares-hospicios-alberguerías-hospitales-ermitas-torreones-arcos-puertas y palacios.
Las bombas y el asedio, la "Desamortización" y la especulación, las rasantes, las líneas, las ideas geniales de urbanistas. El triunfalismo sin razón, los males de la piedra (muy especialmente su exaltación) desfiguraron una ciudad bien apañada y bien curtida por otras injurias: la langosta, la peste, las riadas. El terremoto de Lisboa ¿despertó de un letargo a la ciudad o anunció su principio del final?
                    (Ahora la plaga es de puristas).
El núcleo se mantuvo encerrado y coherente hasta llegado casi el siglo: algunos arrabales de ganado y de harina, las torres azufrosas de Gay-Lussac y Glover sobre las ruinas de un convento.
Las chimeneas fabriles sobre el refectorio.
El ferrocarril -con la ayuda de Eiffel- trazó respetuoso unos caminos para no herir a un organismo que le acabaría devorando. Un anillo de tráfico rodado suplantó a la muralla.
Como un anfiteatro de fondo irregular y en obra interminable crecieron dos generaciones de aposentos en torno al corazón congestionado, al yelmo orondo o fruto sin corteza. El escenario, reducido a un telón de glorias del pasado, se vio invadido por los espectadores que esperaban asentarse lo más cerca posible de aquel centro prestigioso. Hubo que reducir el aparato de símbolos y escenas, sacrificar el utillaje viejo, repintar los telones, sustituir el el texto. Los espectadores, actores ya de la obra que admiraban, no se daban cuenta de que la habían destruido
Portillos y puertas, de las que sólo queda el nombre, ya no separan la ciudad del campo, por ellas ni se sale ni se entra. Son ahora cruces de pasillos. Por la Puerta de Zamora ya no se va a las eras.
Sin puertas, la ciudad no tiene formas. Como un pulpo fuera del agua.
*** (Dios romano de las puertas)                                                                                                                Aníbal Núñez             

BACO

Sólo aquí en Salamanca hay más bares que en toda Bélgica. Dos por cada cien habitantes.
No habría lugar aquí para hacer una clasificación de esos establecimientos por especialidades y categoría. Ni tiempo apenas para indagar las causas. Permítasenos mejor señalar un dato que hace más sorprendente el número si cabe: Salamanca no es precisamente famosa por sus caldos.
Antes de los primeros cubalibres de los estudiantes portorriqueños ya era la capital pródiga en tascas y cafés. Odres y tinajas, frascas y pellejos compondrían el inocente y pintoresco decorado de bodegones y tabernas. Y qué decir de la clientela. Una relación convenientemente manipulada de asiduos nos habla de estudiantes, esclavos, clérigos, casados, romeros y hasta proscritos de la raza mora. Tinta más de grabado de época aportaba la presencia de arreadores, mozos de mula y fulleros. A las botillerías concurrían los poetas bucólicos esperando el favor de la atención y evitando mirar el agua de limón granizada con nieve. De repente en el XIX todo el mundo toma chocolate con vainilla en el Suizo.
Bajo los soportales los humildes pagaban el recuelo del café.
                                                                                                                 Aníbal Núñez


lunes, 19 de mayo de 2014

CADA CUAL CON SU QUIMERA

     Bajo un ancho cielo gris, en una ancha llanura polvorienta, sin hierba, sin un cardo, sin una ortiga, me encontré con varios hombres que andaban encorvados.
Cada uno de ellos llevaba sobre los hombros una enorme Quimera, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o como la fornitura de un soldado romano. Pero la monstruosa bestia no era un peso inerte; al contrario, envolvía y oprimía al hombre con sus músculos elásticos y poderosos; se aferraba con sus dos enormes garras al pecho de su montura; y su cabeza fabulosa encimaba la frente del hombre, como uno de esos cascos horribles con que los antiguos guerreros calculaban aumentar el terror del enemigo.
Me dirigí a uno de aquellos hombres y le pregunté adónde iban de ese modo. Me respondió que no tenía ni idea, ni la tenían los demás; pero que evidentemente iban a alguna parte, ya que se sentían empujados por una invencible necesidad de andar. Un dato curioso: ninguno de aquellos viajeros parecía irritado contra la bestia feroz suspendida de su cuello y pegada a su espalda; se hubiera dicho que cada cual la consideraba como algo que formaba parte de sí mismo. Ninguno de aquellos rostros fatigados  y serios testimoniaba la menor desesperación; bajo la cúpula spleenética del cielo, con los pies hundidos en el polvo de una tierra tan desolada como el cielo, andaban con la fisonomía resignada de los que están condenados a esperar siempre.
Y el cortejo pasó por mi lado y se sumió en la atmósfera del horizonte, allí donde la superficie redondeada del planeta se sustrae a la curiosidad de la mirada humana. Y durante algunos instantes me obstiné en tratar de comprender este misterio; pero no tardó en abatirse sobre mí la irresistible indiferencia, y esto me abrumó más de lo que a ellos abrumaban sus aplastantes Quimeras.
                                                                    Charles Baudelaire  el Spleen de París

LA GIOCONDA

 Supo que había un cuadro maravilloso llamado la Gioconda. Pero quería descubrirlo por sí solo. Se dedicó, desde muy joven, a ignorar la historia y la geografía. Un día partió a recorrer mundo en busca del fabuloso cuadro.
Recorrió tiempos y ciudades, entró en palacios y mesones, agotó galerías agobiadas de cuadros magníficos. Pero ninguno era la Gioconda. Muchas veces estuvo por abordar a los guías y preguntarles de una vez dónde hallar el soñado cuadro. ¡Era tan sencillo que lo tomaran de la mano y lo condujeran hasta dejarlo frente a ese mar!
Pero siguió buscando por sí solo. Amó a varias mujeres cuyos ojos le parecían los de la Gioconda. Luchó con hombres en cuyos labios presentía la sonrisa de la Gioconda.
Llegó un momento en que el mundo ya no tenía secretos para él. Pero nada sabía aún de la Gioconda. A la sazón, había llegado a Florencia a principios del siglo XVI.
Entonces, desesperado, pintó la Gioconda.
                                             César Fernández Moreno                                   

domingo, 18 de mayo de 2014

BABAOUO

   Faltando al pudor más elemental
   Debo por necesidad de publicidad
   Divulgar con quién y en qué posición
   Me entrego al estupro y a la fornicación
                               George Brassens

El texto original francés de este guión cinematográfico se publicó por primera vez en París en 1932, sólo dos años después de que Dalí, en colaboración con Buñuel, escribiera el guión de L´Age d´Or.  Así, el contenido de Babaouo se inscribe de lleno en la época de eclosión del movimiento surrealista y ofrece un testimonio cabal de la inagotable fuente daliniana generadora de imágenes.

     " A partir de las primeras notas de la sardana Per tu ploro, se alza el telón pintado por Salvador Dalí y que representará un vasto y desolado paisaje mineral. Las formas convulsivas y catastróficas de las rocas ofrecerán la rígida noción de un delirio geológico milenario.
Una cuchara de plata de diez metros de longitud nacerá directamente de una roca de puro óxido de hierro y atravesará en ligera diagonal el paisaje. En el interior de la cuchara se verán dos huevos al plato (sin el plato) cuyo rojo será rojo fuego debido al reflejo del extremo de un peñasco color de orín e iluminado por el sol poniente; el resto del paisaje estará sumido en una sombra precrepuscular, en tanto que la clara de los huevos y la plata de la cuchara reflejarán la luz del cielo, que será, con gran exactitud, la de una aguamarina.
Este telón se levanta al finalizar la sardana y descubre a treinta y cinco inválidos que ocupan totalmente la escena sin apenas dejar un espacio libre. Cada uno de ellos llevará, atada sobre la cabeza por medio de una correa por debajo de la barbilla, una gallina viva y con las patas al aire. Irán vestidos de jovencitas y cantarán con gran sensualidad, los ojos en blanco y el rostro pletórico de malicia y alegría, la rumba "El manisero".
Mediada la rumba, aparece en escena un bailarín parecido a los exhibicionistas del tango, que empieza a bailar sin seguir la música. Ejecuta saltos irregulares y rígidos, aprovechando el escaso espacio libre que ha quedado entre los inválidos, con el resultado de constantes empujones y pifias de toda clase. Este bailarín llevará un brazo enyesado y uno de los pies envuelto en una voluminosa cantidad de algodón. La danza, que debe parecer muy violenta y necesitada de un esfuerzo exagerado, precederá inmediatamente a la caída del telón "  (continúa)
 
                                                                                                             Salvador Dalí  Babaouo

viernes, 16 de mayo de 2014

EL PASTORCILLO

     Esta es una de las naves de Cupido .......¡desplegad más velas! ¡Más! Al ataque......¡los cañones ante los agujeros! ¡Fuego!
   (Las alegres comadres de Windsor, Shakespeare)



   " La idea se le ocurrió de repente un mediodía de junio. Tenía poco más de dieciséis años y era de tez morena, delgado, no muy alto, con el pelo negrísimo y revuelto, y unos ojos enormes, llenos de malicia y de inteligencia. Uno de los pocos placeres, por no decir el único, de su solitaria vida de prematuro rabadán era masturbarse y se había masturbado de todas las maneras posibles, en todas las posturas imaginables, buscando las ayudas más extravagantes. Había intentado meter la polla en las grietas de los troncos de los árboles, en el coño de las ovejas y las cabras, había querido darle por el culo al perro que le acompañaba y que le ayudaba a custodiar el rebaño, incluso había intentado, sin lograrlo a pesar de su delgadez y flexibilidad, doblarse sobre sí mismo, una vez desnudo y tendido en el suelo, para meterse la polla en la boca y chupársela; pero las grietas de los troncos de los árboles eran secas y astillosas y le herían, el coño de las ovejas y de las cabras demasiado grande y blando, y, por lo que respecta al perro, se le había revuelto, rugiendo amenazador, al primer conato, así que sólo le quedaban las manos, que utilizaba con gran sabiduría y asiduidad, mientras seguía buscando la manera de aumentar su solitario placer.
Hasta que, aquel mediodía, le vino como un relámpago la gran idea, una idea que pronto se convirtió en una obsesión más que excitante por lo que tenía de arriesgada y de pavorosa: conseguir que una serpiente le mamara, una de aquellas bichas largas y negras, que veía reptar ondulantes por el verde de los pastos. Una de ellas parecía tener su cubil al pie de una de las paredes de la choza que le servía a él de cobijo durante la buena estación, cuando pasaba semanas enteras completamente solo, comiendo pan duro, queso y cebollas y bebiendo la leche de los animales que él mismo ordeñaba, entre una visita y otra que le hacía el capataz para llevarle provisiones frescas y ver cómo andaba el rebaño.
Muchas veces había oído contar que a las serpientes les gusta la leche de mujer y que, cuando una mujer que amamanta a su hijo se duerme, corre el riesgo de despertarse con una serpiente con la boca pegada a uno de los pezones mamando la leche mientras, astutamente, tiene la cola introducida en la boca del niño para que éste, engañado, la tome por el pecho de su madre y no llore. Y se decía que, si las serpientes se pegan a los pezones de las mujeres para mamarlos, ¿por qué no podían mamarle el capullo en busca de su leche.............." (continúa)

                                                                                         Aldo Coca   Cuentos inenarrables



miércoles, 14 de mayo de 2014

EL LIBRO DE MONELLE


     En la primavera de 1905, en un apartamento bastante sombrío de la calle Saint-Louis-en-l´le de París, moría Marcel Schwob*. Nacido durante el auge de las letrillas sentimentales, el escritor, de constitución enfermiza, se extinguió entre montones de libros, recibiendo los negligentes cuidados de un criado chino en el corazón de la ciudad, rodeado de malolientes viviendas habitadas por los últimos hijos de los pícaros.
* (ver la entrada sobre M.Schwob en el blog (año-/2011/)

     " Monelle me encontró en la llanura, por donde yo andaba errante, y me tomó de la mano: 
- No te sorprendas- dijo-, soy yo y no soy yo. Me volverás a encontrar y me perderás.
Una vez más volveré entre vosotros; pues pocos hombres me han visto y ninguno me ha comprendido. Y me olvidarás y me reconocerás y me volverás a olvidar. Y añadió Monelle: Yo te hablaré de las pequeñas rameras, y tú sabrás el comienzo.
Cuando Bonaparte el asesino tenía dieciocho años, halló bajo las puertas forjadas del Palais Royal a una pequeña prostituta. Tenía la tez pálida y tiritaba de frío. Pero "era necesario vivir", le dijo ella. Ni tú ni yo sabemos el nombre de esa pequeña a quien Bonaparte llevó, una noche de noviembre, a su cuarto del hotel de Cherburgo. Era de Nantes, en Bretaña. Estaba débil y cansada, y su amante acababa de abandonarla. Era sencilla y buena; su voz sonaba muy dulcemente. Bonaparte recordó todo esto. Y creo que, más tarde, el recuerdo del sonido de su voz lo emocionó hasta las lágrimas y la buscó largo tiempo, durante las noches de invierno, sin volverla a encontrar nunca más.
Porque sabrás que las pequeñas rameras sólo salen una vez de la muchedumbre nocturna para cumplir una misión de bondad. La pobre Ana acudió en auxilio de Thomas de Quincey, el fumador de opio, que desfallecía en una ancha calle de Oxford bajo los grandes quinqués encendidos.
Con los ojos húmedos le acercó a los labios un vaso de vino dulce, lo abrazó y le prodigó caricias. Luego volvió a sumergirse en la noche. Tal vez murió poco después. "Tosía - dice de Quincey - la última noche que la vi". Quizá erraba aún por las calles; pero, a pesar de su apasionada búsqueda y de haber arrostrado las burlas de las gentes a las cuales interrogaba, Ana se perdió para siempre. Más tarde, cuando pudo disfrutar de una vivienda abrigada, pensó muchas veces, con lágrimas en los ojos, que la pobre Ana hubiera podido vivir allí, junto a él. En cambio, se la imaginaba enferma, moribunda o desolada, en la negrura central de un burdel de Londres, habiendo llevado consigo todo el amor piadoso de su corazón "........
                                                                                                 Marcel Schwob  el libro de Monelle






martes, 13 de mayo de 2014

IRENE (anónimo)

IRENE se publicó anónima y clandestinamente en el París surrealista de 1928.
Desde su aparición, los círculos literarios atribuyeron a Louis Aragón la creación de esta pequeña obra maestra del erotismo, pero este importante escritor francés se ha negado siempre a que el libro se editase con su nombre o, simplemente, a reconocerlo privadamente. Nada se sabe, pues, sobre el autor de manera cierta. La obra ha merecido la admiración de escritores como Albert Camus, quien lo calificaba de uno de los más bellos textos eróticos, y como Octavio Paz, quien escribió que IRENE es el erotismo como rabia verbal.

     " No me despierten, cochinos, con un demonio, no me despierten; cuidado, que muerdo, que veo todo rojo. Que horror; además, el día, aún la perrería, la inestabilidad, la agrura. Quiero volver al mar ciego; basta de relámpagos ¿qué son estas tormentas continuas?, ¿quieren que viva la vida del trueno? me han puesto láminas en vez de orejas, estalla el grisú; cada vez que respira mi pecho se escabullen mis mineros por galerías de angustia; explota, explota a más no poder. Pero no es el día, es dinamita. Clavan espadas en mis párpados, hunden dedos en mi garganta, me restriegan el pellejo con cascajos del despertar. No me arranquen las uñas; metida en el mantillo de los sueños está mi carne pegada a la sombra; la noche está en mi boca, mi sangre no quiere correr. Estoy dormido, carajo, estoy dormido.
Bestias, voy a gritar; grito, bestias, hijos de cerdas enculadas por los reclinatorios; abortos de calzones sucios, lodos de cagaderos, puntos idos en la media de las putas, sapos, domésticas, mucosas purulentas, alimañas; suéltenme; los mato, los machaco, les arranco los huevos, les masco la nariz, los pisoteo ..................." ( así, in crescendo, hasta la pg.¿69? )



sábado, 10 de mayo de 2014

LA FALSIFICACIÓN DE LA CIUDAD


Lo intemporal es caducable, máxime si se apuntala con piropos y tópicos: Roma la Chica, Reina del Tormes, Perla de Occidente, Pequeña Atenas. Y no vale barrer debajo del asfalto. Ni escamotear un barrio entero, prestigioso vestigio del Camino de Oriente y de la Plata, por poner un ejemplo. El abuso del mito engendra usos desmedidos*. El texto de una ordenanza cuyo origen no digo, suspicaz de que sea el resultado de malas digestiones, dictamina algo parecido a esto: "Para conservar el carácter artístico es obligado aquí no sólo dar a los edificios alturas discretas, sino realizarlas o al menos revestirlas con ese material". Ese material innombrable con el que está realizado y/o revestido el Poder había de ser imitado sobre cemento para eternizar La Moda Elegante sobre las delicadas costillas de las casuchas de entramado de madera y ladrillo, de los muros mudéjares, de la mampostería arrancada del abandono o recogida de ruinas fragmentadas , del adobe estucado..... Delirio de queso americano del Plan Marshall en dovelas y arcos. Lo natural abandonado a merced de los elementos*.
Tachar del mapa: una debilidad humana de posible rehabilitación. Si lo hiciéramos exageradamente sobre toda la "arquitectura pretendidamente monumentalista de impersonal diseño y elevado volumen" habría que suprimir hasta la Mismísima Catedral. Ejemplo de añadidos, refritos, homenajes, renovados esfuerzos, reconstrucciones y reforzamientos, inseparable de la sede que usurpó*; como Sala de manca.
No es ésta, si las hay, capital de arte puro y distinto: transiciones y amaneramientos, manifestaciones tardías, híbridos..... Fuente de eclecticismo con unas reservas naturales de falta de Gusto capaces de garantizar el futuro de las Bellas Artes*
                                                                                                           Anibal Núñez