domingo, 26 de abril de 2015

Don Juan y el tiempo

Don Juan, cincuentón, se cruzó con un muchacho que lo saludó:
 -¿Qué tal, padre?
 -¿Padre? ¿Por qué me dices "padre"?
 ¡Qué pregunta! ¿No me reconoces? Soy Juanito Tenorio, tu hijo. Madre te está esperando. Y desapareció.
Don Juan habló con unos vecinos que pasaban por la calle y así averiguó dónde vivía la madre del muchacho. Entró en la casa. En medio del patio, una mujer, todavía de buenas carnes. Don Juan nunca la había visto.
 -Acabo de cruzarme con un muchacho. Juanito se llama. Dice que es mi hijo. ¿Eres tú la madre?
 -Sí.
 -Pero si nosotros no nos hemos visto nunca....
 -Así es. 
 -Entonces tendremos que acostarnos para que Juanito haya nacido como Dios manda.
 -No tengo ningún inconveniente, pero antes hay que casarse.
 -Casémonos.
 -Antes, me tienes que enamorar.
 -De acuerdo. Comencemos. "Vite, adorete, abraseme tanto, que tu amor me anima a que contigo me case"....
 -Ah, no. ¿Qué te crees? ¿Así, a quemarropa? No, no. Enamorarse lleva tiempo. Además, a mí no me enamora cualquiera. Sin contar que antes de enamorarnos tenemos que conocernos; y antes de conocernos tenemos que encontrarnos en alguna parte....
 -¿Y si el azar no nos junta?
 -Ah, ahí está el detalle. No sabes lo que te perderías: ahora estoy madura; habría que verme en mis verdores. Hasta la vista.
Y se separaron.
Don Juan salta unos años para atrás, en busca de los verdores de esa mujer. Por el aire se le caen las canas. Busca a la mujer a quien debe enamorar, con quien debe casarse, de quien a de tener un hijo. Busca, busca. Ahora Don Juan es un mancebo de sangre bullente. Puesto que debe prepararse para la gran conquista, aprende a amar. Seduce a muchas mujeres. A cada seducción, los años se van aligerando. Aminta, Tisbea, Isabela. Aprovechando la superstición de las gentes se escabulle de Sevilla, ya sin barbas. Se mete en más amoríos: al salir de esa galante galería -Julia, Todora, Constanza, Inés- es apenas un púber. Un día, para que no lo castiguen porque acaban de sorprenderlo molestando a una chiquilla, se agurrumina y se pone a gatear, llorando a gritos. Rorro, crío, feto. Poco después acaba Don Juan en un óvulo.
                           E. A. Imbert   La locura juega al ajedrez (1971)